Texto
leído en el Panel Las Industrias Culturales en las Américas, en el 50
Congreso de la International Communication Association (ICA), Acapulco, Gro., 2-5 de Junio
2000.
1. No se puede
entender a las industias culturales sin ubicarlas el contexto nacional e internacional en
el que operan. El contexto contemporáneo es el de un mundo altamente interconectado,
unipolar en ciertos aspectos (p. ej., el del poderío militar de Estados Unidos) y
multipolar en otros (en términos de predominio económico). Es la globalización, etapa
triunfante del capitalismo, después del derrumbe del llamado socialismo
real. Un indicador posible de la mayor interconexión e interdependencia actual
entre las naciones, lo constituyen los flujos de comercio exterior. En los últimos 50
años, la tendencia mundial general ha sido hacia la apertura de mercados. Entre 1950 y
1990, las exportaciones crecieron del 8% del Producto Mundial Bruto al 27%. En 1997, el
comercio internacional era 14 veces el nivel que tenía en 1950. Esta tendencia se ha
acelerado en los últimos años con el surgimiento de acuerdos comerciales bilaterales y
multilaterales, y bloques comerciales, como la Unión Europea, el TLCAN (NAFTA), Mercosur,
ASEAN, etc. Los mercados de productos culturales también se han expandido: Entre 1980 y
1998, el comercio de bienes y servicios culturales se ha multiplicado por cinco (UNESCO
2000a).
Pero los flujos de comercio internacional son desiguales. Por ejemplo, en
1994 los países desarrollados concentraban 69% de las exportaciones mundiales y 68% de
las importaciones. El llamado Grupo de los Siete cubría el 51 y 50% respectivamente.
América Latina y el Caribe participaban solamente del 4% de las exportaciones mundiales y
del 5% de las importaciones.
2. Al contrario de lo que se clamó triunfalistamente, el mundo no ha llegado al fin
de la historia, ni entrado al reino de utopía después de la caída del
muro de Berlín. Ante la llamada globalización, de hecho, el contexto mundial ha devenido
altamente desigual. Parecería ser que ahora la polarización creciente es entre países
pobres y países ricos.
El Informe sobre el Desarrollo Humano de 1999 indica
que dos tercios de la humanidad no se han beneficiado del nuevo modelo económico basado
en la expansión del comercio internacional y del desarrollo de nuevas tecnologías, y
están excluídos de participar en la Sociedad de la Información (UNDP 1999). En el World Economic Outlook de 1997, el Fondo Monetario
Internacional expresa que:
Dicho en términos simples, durante los últimos
treinta años la gran mayoría de los países en desarrollo ... se han mantenido en el
más bajo quintil de ingresos o han caído en él desde una posición relativamente más
alta. Más aun, ahora hay menos países en desarrollo de ingreso medio y la movilidad
ascendente parece haber disminuído en el tiempo. Mientras durante el período 1965-1975
había cierta tendencia a que los países se movieran hacia niveles más altos y
progresaran relativamente con respecto a las economías avanzadas, las fuerzas de la
polarización parecen haberse hecho más fuertes desde los inicios de los años ochenta
(IMF 1997: 78).
Por
otra parte, un informe del Sistema Económico Latinoamericano (SELA 1999) indica que en el
Hemisferio Occidental la situación es sólo un poco menos dramática que a nivel mundial:
Hay dos países de economías muy avanzadas Estados Unidos y Canadá, que en 1995
presentaban un PNB de $26,890 Dls. y $19,380, respectivamente. Y por otro lado, los
países de América Latina y el Caribe, todos países en desarrollo, con un
PNB per cápita promedio de $3,320. Si se consideran los extremos, destaca que Estados
Unidos tiene un PNB per cápita 108 veces superior al de Haití ($250).
Al interior de los
países también se han generado y agrandado desigualdades. Solamente un indicador sobre
América Latina. La Comisión Económica para América Latina de las Naciones Unidas
(Cepal 1998) calcula que en 1997, el 36% de los hogares latinoamericanos se encontraba
bajo la línea de la pobreza (54% en las zonas rurales). El rango iba desde el Uruguay con
sólo el 6% (otros países con una proporción baja: Costa Rica y Chile con 20%), hasta
Honduras con el 74% de su población bajo la línea de la pobreza, El Salvador con 48%,
Bolivia con 47%, México con 43%.
3. La desigualdad mundial en
riqueza y en el acceso de la población a los beneficios del progreso se refleja en la
inequidad en el desarrollo de las industrias culturales y en el acceso diferencial de los
ciudadanos a estas fuentes de entretenimiento, información y educación. Así, por
ejemplo una encuesta reciente de la UNESCO (2000b) sobre las industrias cinematográficas
nacionales, muestra que la capacidad de producción cinematográfica tiene una alta
correlación con diversos indicadores de desarrollo como el producto nacional bruto y la
urbanización, así como con otras variables de medios, tanto en términos de
posibilidades de producción como de recepción. A pesar de que China (incluyendo a Hong
Kong), India y Filipinas se encuentran entre los mayores productores de filmes del mundo,
Estados Unidos da cuenta de 85% del comercio mundial cinematográfico registrado en tal
encuesta (ibid.). Con respecto al acceso a las nuevas tecnologías, demos un ejemplo:
datos recientes de la OCDE (2000) indican que en 1999 Canadá y Estados Unidos daban
cuenta del 55.9% de los usuarios de Internet en el mundo. Europa casi una cuarta parte
(23.5%). El área Asia-Pacífico 16.7%. Latinoamérica contaba apenas con el 2.6% de
usuarios, en mejor posición que Africa (0.9%) o el Medio Oriente (0.4%).
De un Inventario de Medios de Comunicación en América
Latina que realizó CIESPAL durante el decenio pasado, se desprende una alta
concentración en el acceso a los medios, de acuerdo con los niveles de desarrollo de los
países. Así, Brasil y México poseían más de la mitad de los periódicos y de las
estaciones de radio y televisión del subcontinente (López Arjona 1993).
4.
La desigualdad en el desarrollo de las industrias culturales a su vez se refleja en los
flujos e intercambios internacionales.
El comercio de productos culturales ha crecido exponencialmente. Entre 1980 y 1998, el
valor anual del comercio de bienes culturales pasó de 95,340 millones de dólares a
387,927 millones de dólares (UNESCO 2000).
Sin embargo, la mayor parte de esos intercambios ocurren entre un número pequeño de
países: en 1990, Japón, Estados Unidos, Alemania e Inglaterra daban cuenta del 55.4% de
las exportaciones mundiales. Francia, Estados Unidos, Alemania e Inglaterra importaban 47%
del total mundial. En 1998, China se sumaba a los dos grupos recién descritos, y en cada
caso, los llamados nuevos cinco grandes concentraban 53% de las exportaciones
y 57% de las importaciones (ibid.).
En un estudio sobre la
industria audiovisual iberoamericana (Latinoamérica, más España y Portugal), se muestra
que cinco empresas concentraban casi el 90% de las exportaciones de cine, video y
televisión: Televisa, Rede Globo, Venevisión, Radio Caracas TV y RTVE. Las exportaciones
de Televisa a su vez representaban casi el 50% del total. No obstante, las ventas de
programas al extranjero constituyen todavía un porcentaje pequeño de los ingresos de
estas compañías (MR & C 1998). Aun así, el gigante mexicano de medios ha
incrementado sus ventas al exterior en los últimos años. Por ejemplo, según los
informes anuales de Televisa, sus ventas netas al extranjero evolucionaron, de 9.9% en
1993, al 17.6% en 1997. El 75.3% del valor de sus exportaciones, y 97% de sus
importaciones en 1997, se originó de Estados Unidos (Televisa, 1998). La alta proporción
de exportaciones a Estados Unidos se explica en virtud de la manera diferencial en que se
establecen los precios de programas televisivos en el mercado internacional, en términos
del poder adquisitivo de cada país. Por dar un ejemplo, en 1990 Centro y
Sudamérica compraron el 71% de las horas/programa que Televisa exportó, pero esto
constituyó sólo el 37% de los ingresos recibidos. Estados Unidos, por otra parte,
recibió solamente 9% de las horas de programación y aportó el 52% de los ingresos
totales por ventas al exterior.
5. A pesar de la imagen
optimista que se ha creado de Latinoamérica, ya sea como autosuficiente en el plano
audiovisual (esp. telenovelas), o incluso como región exportadora, en realidad sigue
siendo importadora neta.
Según el estudio
recién citado de Media Research & Consultancy-Spain, aun México, que concentraba el
50% de las exportaciones de la industria audiovisual de Iberoamérica en 1997, es país
deficitario: en 1996 se estima que tuvo un déficit de 158 millones de dólares y en 1997
de 106 millones de dólares (2,247 millones la región entera) (MR&C 1997; 1998).
Partiendo de datos oficiales, yo calculé que para el mismo 1997 México tuvo un déficit
de 22.7 millones de dólares solamente en la balanza comercial televisiva (Sánchez Ruiz
2000).
Un 87%% de las
importaciones audiovisuales de Iberoamérica, provenía de Estados Unidos; 6% de otros
países europeos y 5% de la propia región. Solamente de televisión, el 95% de las
señales importadas vía satélite (925 millones de dólares) y 77% de los programas (más
de 900 millones dls.), provenían de Estados Unidos. Una alta proporción de las señales
que se importan se transmiten por televisión de paga, que aun es minoritaria en América
Latina.
En el diagnóstico que
realizó CIESPAL se encontró que los intercambios entre países latinoamericanos eran
menos intensos de lo que se suele suponer. Así, del total de horas de programación importada en los 16 países incluídos, el 62% se
originaba en Estados Unidos; de los propios países latinoamericanos provenía el 30%,
mientras que de Europa y Asia eran respectivamente el 6% y 1.7% (Estrella 1993). Sin
embargo, es claro que unos pocos países latinoamericanos están adquiriendo mayor
capacidad de producción y exportación, como Brasil, México, Argentina y en menos medida
Venezuela, Perú y Colombia.
Si bien la tendencia
en líneas generales en la televisión abierta es hacia la disminución de la
programación importada de Estados Unidos, en la televisión de paga, que se está
expandiendo rápidamente entre los segmentos altos y medios del espectro socioeconómico
latinoamericano, siguen siendo muy altas las importaciones. Por ejemplo, en Chile, en
1998, en la televisión abierta cerca del 40% era importado, mientras que en la
televisión por cable la proporción importada era del 73%. La mitad de ésta provenía de
Estados Unidos (Consejo Nacional de Televisión 1999; Secretaría de Comunicación y
Cultura 1999).
Es ya casi un lugar
común que el público Latinoamericano tiende a preferir la programación local,
usualmente deportes (futbol), telenovelas y noticieros. Pero un género que suele ocupar
los primeros lugares en preferencias, junto con los anteriores, son las películas
cinematográficas. Y de éstas, las que más abundan en la oferta en el mercado
audiovisual global son las de Estados Unidos. Así, por ejemplo según datos publicados en
un desplegado periodístico por Televisa, de los cien programas más vistos en la
televisión mexicana durante 1996, 46 fueron películas de Hollywood, transmitidas por el
Canal 5, que se especializa en programación extranjera infantil y juvenil (Siglo 21
1996).
6. La expansión y
diversificación de nuevas opciones audiovisuales (televisión digital, todas las
modalidades de TV de paga, DVDs, etc.), que han sido
hechas posibles por la digitalización, está ya trayendo nuevas demandas de
productos culturales audiovisuales. Los países latinoamericanos deben generar la
capacidad para cubrir una parte importante de esa demanda al interior de cada uno, a fin
de no tener que cubrirla principalmente en los mercados externos. Para que se genere tal
competitividad externa, se necesita crear un ambiente competitivo interno.
7. Pero la convergencia que se
ha ido dando entre las tecnologías de información, las telecomunicaciones y los medios
audiovisuales a su vez está trayendo consigo otro tipo de convergencia, en la forma de
las grandes fusiones, adquisiciones y alianzas estratégicas entre corporaciones (por
ejemplo, del lado del hardware las empresas de telecomunicaciones, con las de
televisión, para ofrecer servicios de Internet, TV de cable, telefonía y entretenimiento
televisivo, entre otras posibilidades).
8. La alta concentración en
unas pocas empresas de la producción y puesta en circulación, junto con la disparidad en
los flujos e intercambios internacionales de productos culturales, limitan la diversidad y
pluralidad de las manifestaciones culturales que circulan. Por ejemplo, en Iberoamérica
el estudio de las principales empresas de televisión abierta por nivel de ingresos
muestra que las diez mayores concentran el 70% del total de facturación del sector. Ya
vimos que cinco firmas concentraban el 90% de las exportaciones en 1997 (MR&C 1998).
9. Los productos culturales no
son solamente mercancías para ser consumidas en el corto o mediano plazo (como
bienes duraderoso no duraderos). Los bienes y servicios de la
industria cultural son, además de mercancías, propuestas de sentido sobre el mundo que
nos rodea; constituyen propuestas de definición sobre quiénes somos (y quiénes no somos identidad y alteridad--); los
contenidos simbólicos de los productos culturales proponen socialmente -y a veces
imponen-- patrones estéticos qué es lo bello y lo no bello--; proponen pautas
éticas y contribuyen a configurar la moral social prevaleciente (lo
correcto/incorrecto; lo normal/anormal, lo propio y lo impropio,
lo propio y lo ajeno, ... ). Proponen representaciones sobre los diversos niveles de
posibles comunidades imaginarias, desde lo local hasta lo global.
Es decir, desde las identidades de barrio, pasando por las identificaciones con lo
nacional o con lo deslocalizado, trans-nacional. Pueden ser portadoras simbólicas de las
nuevas utopías socio-históricas (mundos posibles). Son universos simbólicos ligados a
las comunidades que los producen y a colectividades afines con las que conectan a las
primeras.
Pero también y
principalmente, son dispositivos que pueden mostrar la gran diversidad, pluralidad y
riqueza de las manifestaciones culturales (en el sentido más amplio: lenguajes, músicas,
costumbres, vestidos, cocinas, etc.) que existen en el mundo.
10. Las industrias culturales no
deben ser dejadas sin más en las manos invisibles, pero ciegas e insensibles,
del mercado. Esto no significa regresar a los esquemas estatistas
e intervencionistas del pasado, sino simplemente que el Estado, en tanto representante
legítimo de quienes pueblan una nación, pueda regular,
u orientar a las fuerzas ciegas de la oferta y la demanda. Si un gobierno es elegido
democráticamente y opera con plena transparencia, sus objetivos y formas de operación
efectivamente representan el interés común.
No se trata, entonces,
de apostar por el mercado o por el
Estado. La oferta y la demanda son de hecho fuerzas ciegas que, no hay duda, efectivamente
ejercen presiones estructurales sobre los ciclos de producción, distribución y consumo
de productos culturales. Pero ni la oferta ni la demanda poseen inteligencia, ni
conciencia propias, ni sensibilidad humana, ni identidad cultural o étnica
...
11. El mundo
globalizado y altamente interdependiente (aunque de manera sumamente
asimétrica) no ha logrado borrar las naciones, ni los Estados-nación. Excesivamente
acotados, en especial en lo que se refiere a políticas económicas, pero los gobiernos
continúan siendo actores centrales al interior de cada nación, y en el concierto
internacional. Reducida, pero la soberanía nacional aún existe y se ejerce. Los países
como entidades geopolíticas, geoeconómicas y geoculturales, siguen teniendo
intereses nacionales de frente a otras naciones y a los nuevos poderes trans- y
multinacionales. La nacionalidad continúa siendo una referencia simbólica-espacial
significativa para la inmensa mayoría de los pobladores de la mayoría de los países. Si
es el caso de que la democracia ha avanzado en el mundo y en particular en América Latina
durante las últimas décadas, entonces los gobiernos son representantes legítimos de los
intereses nacionales en cada caso. Entonces, es legítimo que ejerzan políticas públicas
para hacer competitivas y eficientes, plurales y diversas, las industrias culturales.
12. Hay muestras de que ciertas
políticas de apoyo a las industrias culturales, en particular las del sector audiovisual,
ayudan al desarrollo de las mismas. Por ejemplo, las industrias cinematográficas de
Argentina y Brasil han repuntado gracias al
impacto de nuevas leyes de fomento. De acuerdo con los resultados del programa de
investigación Euroficción, está ocurriendo un proceso de reconquista de las pantallas
televisivas europeas por parte de los programas de ficción locales, que se están
produciendo gracias a los programas de apoyo al audiovisual implementados por la Unión
Europea (Buonano 1999). Algo similar estaría ocurriendo con la cinematografía Europea,
según el Observatorio Europeo del Audiovisual. Aun el gobierno chileno, que se ha
caracterizado por instumentar políticas económicas neoliberales ortodoxas,
está estudiando mediante su ministerio de Educación y Cultura, formas posibles de apoyar
su sector audiovisual (Secretaría de Comunicación y Cultura 1999). Las exportaciones
canadienses de productos culturales se han duplicado en los últimos años, en parte
gracias a las políticas públicas que, más que proteger el sector, buscan
promoverlo y desarrollarlo (SAGIT 1999).
Con la convergencia
entre las telecomunicaciones, las tecnologías de información y los medios de
comunicación, está ocurriendo (en los niveles nacionales y globalmente) una
intensificación del proceso de concentración de las empresas, con integraciones
verticales y horizontales de hardware y software,
de las redes y los contenidos. Tal convergencia industrial, tendencia hacia la
concentración y centralización del capital, tiene implicaciones políticas, en términos
de constituírse en un obstáculo potencial para la pluralidad y la democracia. Ya pasaron
y se superaron los años del estatismo e intervencionismo autoritarios de los años
setenta. Sin embargo, desde la perspectiva de salvaguardar la diversidad cultural y el
pluralismo político, la competencia y la competitividad de las empresas particulares, los
gobiernos democráticos legítimos de la región deberían repensar seriamente desde el
plano nacional y como región (o como subregiones) la situación de sus industrias
culturales. Dados los imbalances, desigualdades y asimetrías que prevalecen en el sector,
deberían ejercer políticas que impulsen un desarrollo cultural más sano, diverso y
equilibrado.
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