Cátedra Unesco de Comunicação para o Desenvolvimento Regional

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Carta à redação

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PCLA - Volume 2 - número 1:  outubro / novembro / dezembro 2000

 

COMUNICOLOGÍA LATINOAMERICANA:

DISCIPLINA A LA BÚSQUEDA DE OBJETO

  

Roberto Follari
(Universidad Nacional de Cuyo / Mendoza)



El autor es investigador y docente en la Universidad Nacional de Cuyo (Mendoza), y profesor en diversos posgrados de Argentina y el extranjero.

El caso de la comunicología es una muestra de las confusiones a que puede llevar la desformalización cuando previamente no se ha pasado por períodos e instancias de formalización (*). Disciplina nueva, de escasa trayectoria y tradición científica, con muy pocos posgrados establecidos en el subcontinente y un cúmulo de investigación teórica y empírica escasamente consolidado, congrega un sinnúmero de estudiantes, los cuales, seducidos por el peso de los mass media en la cultura contemporánea, llevan a menudo en su imaginario la idea de llegar a ser célebres a través de la pantalla.

Se trata de un espacio científico estratégico: por una parte, se forman allí "comunicadores"que irán a trabajar en los más diversos medios. En tiempos mediáticos, esto significa nada menos que el hecho de que se está formando a quienes tendrán capital importancia en la constitución de la opinión pública futura, los constructores de los futuros sentidos comunes. Por otro, surgirán desde allí "comunicólogos", es decir, estudiosos de la comunicación que -dado el peso social del fenómeno- también resultarán decisivos para configurar una especie de sentido común de segundo orden acerca de qué son los medios, qué influencia tienen y -sobre todo- qué hacer con ellos y respecto de ellos.

Campo fundamental sin duda desde el punto de su influencia social, a la vez con los múltiples problemas de constitución que hacen a cualquier espacio en construcción, lo cual tensa enormemente su dinámica. Donde más se requiere poner organización conceptual, nos encontramos con inconvenientes para instaurarla.

(*)Esto es lo que sucede con aquellos que practican el posestructuralismo (caso deconstrucción) sin haber pasado previamente por la constitución sistemática de aquel logos al cual esos discursos se oponen. Sólo cabe deconstruir lo previamente construido.

Las reuniones científicas relativas a la disciplina se mueven ostensiblemente "entre lo académico y lo mediático", según lo señalara expresamente N.García Canclini, uno de los autores a que más se apela en la temática (1). Con predominio de los estudiantes sobre los investigadores; cuando de estos se trata, con poca trayectoria establecida, es decir, hegemonía de pesquisadores noveles; actitudes que "massmediatizan" las situaciones, como filmaciones de los ponentes, o pedido de autógrafos a estos; fuerte asimetría entre los "consagrados" y los expositores menos reconocidos; dilución de la especificidad epistémica, de modo que puede discutirse temas de sociología o antropología tout court; ingenuidad teórica, que lleva, por ej., a tratar temas políticos sin conocimientos específicos de teoría (y a veces de práctica) política; inexistencia de un debate donde las posiciones "consagradas" puedan ser puestas en discusión, etc., muestran un campo donde en buena medida, está todo por hacerse.

Tal situación antedicha, está sazonada por una estetización generalizada (en eco de lo que sucede en tiempos posmodernos con el deconstruccionismo teórico, y también con la hegemonía massmediática), donde tras referencias a la "sobretransparencia", "oblicuidad", "multirreferencialidad", "hipercodificación", etc., a menudo no existe una suficiente preconfiguración de significados comunes a la "comunidad" que permitan utilizar productivamente tal tipo de expresiones.

Lo apuntado pudiera parecer una especie de ataque a este espacio de práctica disciplinar. Ojalá pueda entenderse exactamente en sentido inverso: esto es, como desnuda asunción de las limitaciones existentes, para buscar su imprescindible superación dentro de un campo de relevancia principalísima. Precisamente por su estratégica influencia, es que no se puede dejar que las vacilaciones e incongruencias (de las que ningún campo científico está exento, y menos uno que sea nuevo) se impongan, y que -dentro de algún tiempo- nos encontremos con que no hemos avanzado en la constitución científica de este espacio.

Por supuesto, nos situamos por completo fuera de la insostenible dupla optimismo/pesimismo, dentro de la cual algunos "teóricos" pretenden clasificar el pensamiento (precisamente tienen fuerza dentro del campo de la Comunicología). Aquí no se trata de que sea mejor el optimismo ingenuo que el pesimismo trágico: buscamos una interpretación lo más acorde posible a las condiciones en que el campo se constituye, sabiendo de las limitaciones que tal pretensión conlleva (lo cual es objeto, precisamente, de este trabajo). No queremos ser optimistas en tiempos regresivos, porque ello está muy cerca de la ceguera. La liviandad en situaciones duras, se hace absurda e inconducente.

El principal síntoma del campo comunicológico lo hemos ya expuesto en otro trabajo (2): la asunción "light" del creciente peso de los medios, por la que se adopta a partir de la noción de receptor activo una especie de conformismo populista, según el cual poco importa qué es lo que se propala, dado que el receptor siempre decodificaría a "su" manera. Tópico fundamental en la asunción de los llamados "estudios culturales", los cuales han pasado -a partir de Martín-Barbero, vía G.Canclini y Renato Ortiz, entre otros- a gozar de clara hegemonía en el campo.

Algunos de los inconvenientes que podemos adscribir a tales estudios, se relacionan con su inespecificidad epistemológica. No son -mayoritariamente- estudios sobre comunicación. En realidad, tampoco son realizados por comunicólogos, lo cual es inevitable dado que estos se han formado sólo en generaciones muy recientes. De modo que filósofos, antropólogos, literatos, semiólogos, son los que están habilitados con palabra legitimada en este espacio.

Ello ha redundado en una notoria inespecificidad discursiva, de manera que pareciera que es función de la Comunicología estudiar simplemente la cultura. Estudios que se presentan a congresos de la especialidad, podrían formar parte de jornadas de antropología, por ejemplo, sin aditamento alguno. Alguien dirá que se trata de una saludable superación de las barreras disciplinares, pero entendemos que para que estas sean superadas, tendrían previamente que haber sido dibujadas. No se supera lo que no existe.

Así, la mezcla discursiva se ha hecho tan fuerte, que se ha llegado a extremos como el de considerar a literatos como Monsiváis como si fueran comunicólogos (el escritor mexicano es un reconocido autor costumbrista, un cronista de la ciudad); o a juzgar más pertinentes al área los discursos antropológicos que, por ej., los de Eliseo Verón.

Este último no gozó de demasiada popularidad ni aplausos cuando expuso su conferencia en el Congreso de FELAFACS realizado en Lima, para octubre de 1997. Su postura fue muy clara: declaró enfáticamente que él no hablaría (como se lo había hecho los días anteriores, con respectivas ponencias de Brunner, Martín-Barbero y G.Canclini) sobre globalización y temas mundiales, cuando entendía que no están resueltos conceptualmente otros mucho más elementales. Y ejemplificó afirmando que es imposible que se exponga sobre massmediatización sin hacer las salvedades del caso, mezclando en el análisis, por ej., Internet con televisión. Medios masivos serían únicamente aquellos de libre acceso; no, por ej., el correo electrónico. Como todo se amalgama en el análisis -insistió- no puede entenderse nada en su singularidad.

Es de recordar que Verón se ha dedicado durante toda su carrera a los temas comunicológicos, no ha recalado allí desde preocupaciones teóricas más generales, o simplemente diferentes. Su reclamo era claro: tender a fijar la especificidad del objeto de los estudios en la materia, a fin de focalizar con alguna precisión la atención y el análisis.

Entendemos -apelando a la Epistemología- que la comunicología trabaja sobre un "objeto empírico" propio, cuyos límites habrá que establecer (dentro de lo institucional, lo escolar, lo mediático); pero que lo hace desde los "objetos teóricos" propios de disciplinas diversas. Sería imposible hacer Comunicología autónoma, disociada de la explicación que sobre los procesos de interpretación, emisión, recepción, etc., se ofrecen a partir de la sociología, la psicología, la lingüística. Esto es indisputable: no hay "autonomía" de este campo disciplinar, pues su objeto no surge desde la peculiaridad de constitución de un nuevo campo teórico, sino desde la directa necesidad social de explicarse un espacio concreto de funcionamiento de ámbitos de lo real.

Pero lo anterior es muy diferente a negar de la Comunicología una perspectiva específica en la recepción que hace de las disciplinas que vienen a configurarla. También aquí se requiere recepción activa. No se trata de cualesquiera estudios culturales, sino de aquellos que vienen a cuento en la precisa explicación de los mecanismos mediáticos (cuando se trata de esta temática, hoy sin duda altamente prioritaria). Y por ello, hay que estudiar no simplemente la cultura "en general", sino asumir lo que sea general para derivarlo a la explicitación concreta de los efectos comunicológicos específicos. No vemos que esto se esté dando así, y ello ha llevado a que la noción del receptor activo (para algunos de hecho receptor omnipotente, entendido desde una noción ingenua y transparentista de la subjetividad), no se haya configurado en un "programa de investigación": lo cual -de haberse realizado- nos hubiera permitido, a través de trabajos empíricos cuidadosos y detallados, ir discriminando los efectos de los culebrones como diferentes de los de los noticieros, los de los "reality shows" como diversos de las publicidades, etc. Y -en la progresiva canibalización de formatos en curso-, también especificar las diferencias de recepción entre sectores sociales diversos, según edad, clase social, sitial urbano, género, etc.

No se trata -entonces- de que los estudios culturales no sean pertinentes, sino de fijar en qué consiste su pertinencia. De manera que se los entienda como un insumo imprescindible, pero luego sean aplicados a una especificidad que desborda la sola apelación antropológica. De lo contrario, nada se gana con consultar a un comunicólogo en relación a lo que uno recibiría de un sociólogo, por ejemplo: diluida la singularidad disciplinar, no habría nada especial para decir desde ella.

Por supuesto, nos hacemos cargo de que la especificación de tal objeto no es algo que se produce especulativamente, y mucho menos que pueda definirse de una vez para siempre. Se trata de un proceso de constitución discursiva, y por ello estamos concientes de que ello lleva tiempo, contramarchas, tensiones y conflictos. No auguramos ninguna facilidad conceptual, pero sí creemos lícito insistir en que de acuerdo a la medida en que este camino se comience a transitar, se irá dibujando lentamente una especificidad que -de no establecerse- hará de la comunicología una disciplina totalmente tributaria de otras.

Además, este ser tributaria -situación que se da hoy- ocurre en condiciones de clara desventaja comparativa, porque no se tiene el trazado de una tradición preconstruida, con los límites y controles que ella implica. Esto hace que se asuma la tentación de hablar sobre todas las cosas: las búsquedas respecto del tema de la ciudadanización últimamente resultan elocuentes. Sólo se puede investigar con propiedad al respecto, desde cierto conocimiento de la teoría y/o la práctica políticas. Cuando esto no existe, el resultado es un ingenuo descubrimiento de lo ya descubierto, cuando no una exposición de conceptos que muestran el desconocimiento de la lógica específica del objeto. Hemos escuchado hablar de "ciudadanía mediática", por ejemplo, afirmando que los medios ocuparían el lugar previo del Estado, e ignorando el hecho elemental de que mucha gente concurre a los medios para presionar al Estado, no para reemplazarlo. Y cuando el Estado no funciona y parte de la población toma a los medios vicariamente, por ej., como operadores del dictado de justicia, queda claro a todos los actores que la sanción mediática no es lo mismo que una sanción jurídica, y que no puede reemplazar strictu sensu a esta (incluso aún cuando en muchos casos, pudiera resultar más "efectiva"como sanción social). También hemos escuchado en Comunicología deplorar que en lo mediático los políticos "actúen" para el espectáculo, haciendo deformación de una pureza política que debiera dedicarse a lo decisional: como si alguna vez la política hubiera sido solamente administración, y no sepamos desde Maquiavelo que la lógica de lo político siempre ha incluido la astucia y la simulación (lo cual nada tendría de problemático -si fuera sólo eso-, en la época en que el simulacro se ha instalado generalizadamente, y precisamente lo ha hecho por vía de los medios visuales) (3)

Rescate del objeto específico, una de las condiciones necesarias para la constitución de la cientificidad en la disciplina. Otra, la superación de esa omnipotencia que permite hablar de todo sin previo rastreo de los campos específicos: el caso "testigo" en este aspecto, es la reiterada referencia a la Escuela de Frankfurt, livianamente tildada de "apocalíptica" y curiosamente "despachada" con ese solo gesto. Los frankfurtianos a menudo no han sido leídos por aquellos que los apostrofan desde una versión simplificada del tema de la superación de la Ilustración, y que desconocen a su respecto cuestiones elementales, tales como que estuvieron entre los primeros críticos occidentales del Iluminismo (y tal vez, fueron los primeros que -a diferencia de Nietzsche y Heidegger- lo hicieron asumiendo una teoría de lo social), es decir, que en cierto nivel de lectura, jugaron en dirección exactamente opuesta a la que se les suele adscribir; o también, que fueron los primeros en mostrar el consumo como espacio -sin duda problemático- de integración en la sociedad capitalista avanzada.

De modo que el rescate de la criticidad se hace necesario. En cuanto al cuidado epistemológico, pero también en lo que hace a lo propiamente político. Resulta sorprendente que se suponga que los estudios culturales son un fenómeno típicamente latinoamericano, que se habría iniciado con el trabajo de Martín-Barbero sobre las mediaciones hace algo más de una década. Es por demás sabido que S.Hall trabajó mucho antes en Gran Bretaña, y que parecida línea de análisis se encuentra en los textos -ya de hace un cuarto de siglo- debidos a R.Williams.

Por supuesto que tal "patente de origen" nos parece por completo inútil; y que en nada hace a la validez de los estudios culturales, que estos hayan surgido de Latinoamérica o no. Pero la aceptación ligera de los estudios latinoamericanos sobre cultura como una novedad, sí muestra la endeblez teórica del campo, y la ingenuidad con que se receptan allí las propuestas que se van imponiendo: tanto al creer que "lo latinoamericano" lleva por sí algo inherentemente positivo para el valor explicativo que tengan las teorías, como al asumir esta supuesta originariedad local por desconocimiento de lo que se hace en otras latitudes.

No está de más advertir el vaciamiento ideológico progresivo que algunas versiones canónicas de estos estudios culturales asumieron durante un buen tiempo, advertible en determinadas obras de manera evidente (4). Si bien pareciéramos estar de regreso de tal situación (5), la aceptación por parte importante de la "comunidad científica" hacia textos que en realidad no tenían una pretensión teórica importante como textos/base; y sobre todo, la no advertencia de su adaptacionismo creciente (establecido, por ej., en la idea de que el consumo es factor identitario social fundamental, y de que puede plausiblemente cumplir esta función, algo muy divergente con la interpretación ya referida hecha por los frankfurtianos), muestran que -en tiempos de crecientes ajustes neoliberales y de marginalización social generalizada- puede ocultarse lo oscuro de la realidad bajo el ropaje de la novedad teórica.

Porque vale recordar que los "estudios culturales" surgieron bajo la égida del marxismo, en su vertiente gramsciana: se trataba de trabajar la mediación cultural de la dominación. Esta preocupación -clara en los primeros trabajos de Martín-Barbero- se ha diluido en buena medida; y se ha vuelto en cambio un lugar común, apostrofar cualquier actitud crítica tildándola de "ilustrada", y suponiendo que la época de su vigencia está clausurada (por cierto, esto se maximiza en la peculiar y no tematizada recepción que la Comunicología hace de los estudios culturales).

Ello nos lleva a señalar -y esto se relaciona muy directamente con algo central para entender el presente- que en estos estudios falta especificar una teoría de la posmodernidad. Esta o es juzgada como particularismo o deconstruccionismo sin más (es lo que hace a menudo G.Canclini) (6), o es trabajada como una sola descripción acumulativa de fenómenos culturales sin explicación de conjunto (entendemos que es el caso de B.Sarlo) (7). Presentada así, no se entiende cómo surgió, a qué época se alude, en qué nivel se da el fenómeno, qué podemos esperar de su desarrollo. De modo que la lectura que se hace es de rechazo ético o estético como en Escenas de la vida posmoderna, o de celebración acrítica, bajo la suposición simple de que "ha desaparecido la época totalitaria de la razón", en clave cercana a la de Lipovetski (8). De tal modo, no puede captarse la densidad de los fenómenos culturales en curso, y sobre todo no se advierte el "bache" en que lo posmoderno se encuentra ahora, luego de agotado su primer período festivo de algarabía por la liquidación del logocentrismo.

Como se ve, hay una importante agenda por delante. La comunicología muestra su germinal constitución epistemológica, y nada bien le vendrían proposiciones como las de las epistemologías "a la Feyerabend", que parecerían una invitación a continuar en la línea de desformalización de lo aquí nunca formalizado. Ya se va constituyendo un "background", y en determinadas reuniones científicas se empieza a profundizar el tiempo de la discusión por sobre el de las exposiciones magistrales: la comunicología debe construir su objeto específico, y en la andadura de ese camino, la nueva epistemología epocal le viene a contrapelo (9). Es problemático -para un espacio disciplinar- haberse constituido en tiempos de deconstrucción.

NOTAS Y REFERENCIAS

(1)Prolegómenos a la ponencia de N.García Canclini en el Congreso Internacional de FELAFACS (Lima), octubre de 1997

(2)Ver nuestro trabajo "Lo "light" en las teorías: defecciones contemporáneas", en Teorías políticas y teorías de la comunicación, Ponencias del Segundo Congreso de Facultades y carreras de Comunicación Social, La Plata, setiembre 1997, pp.63-75

(3)Los puntos criticados fueron presentados en ponencias a las III Jornadas Nacionales de Investigación en Comunicación, Fac. de Cs. Políticas y Sociales, Univ. Nacional de Cuyo, Mendoza, noviembre 1997

(4)N.García Canclini, Consumidores y ciudadanos (conflictos multiculturales de la globalización), Grijalbo, México, 1995

(5)N.García Canclini, conferencia plenaria en el IX Encuentro de FELAFACS (Lima), donde criticó el concepto de globalización (que, como se ve, formaba parte del título de su libro anterior), señalando que ha estado acuñado desde la lógica del poder económico, y excluye de considereación objetos que no circulan con la fluidez que ese concepto permite suponer (caso de los libros, según subrayó)

(6)N.García Canclini, Consumidores y ciudadanos, op.cit.

(7)B.Sarlo, Escenas de la vida posmoderna, Ariel, Bs.Aires, 1994

(8)Hemos criticado sistemáticamente la posición de Lipovetski en nuestro artículo "Los límites del sinsentido", Rev. Diógenes, Mendoza, 1995

(9)Nos referimos a las epistemologías no prescriptivas que han hallado camino luego de

la ruptura implicada por Kuhn con la filosofía de la ciencia anterior. En sus casos más radicales, los estudios de laboratorio, de Woogar y Latour.