
PCLA - Volume 2 - número 1: outubro / novembro
/ dezembro 2000
PROYECCIÓN
CRÍTICA DE LA ESCUELA LATINOAMERICANA
Luis Ramiro
Beltrán
(Universidad
Johns Hopkins / Bolívia)
(Palabras proferidas en la
solenidad de presentación del libro Investigación en Comunicación en
Latinoamérica: início, transcedencia y proyección. La Paz, Bolívia. Universidad
Catolica Boliviana, 10 de agosto de 2000).
Para mi escribrir es vivir. Pero he escrito bastante
más de lo que he publicado, sobre todo en forma de libro. Esto se debe mayormente a mi
manía perfeccionista y exahaustivista. Han logrado redimirme de ella en este caso mis
buenos amigos Carlos Suárez, José Antonio Quiroga y Ronld Grebe. Carlos ha venido
acicateándome desde hace años fraternalmente, pero sin tregua ni clemencia, para que
publique en libros mis estudios sobre comunicación. José Antonio me ha estimulado mucho
al editar generosamente ya tres obras mías: un ensayo y dos compilaciones de crónicas. Y
Ronald, al honrarme creando en 1999 una cátedra con mi nombre, me ha planteado un
desafío para seguir envuelto en diálogo, reflexión y divulgación sobre nuestro oficio.
Y ahora, por obra de Grebe y Quiroga, la Universidad Católica Boliviana y la Editorial
Plural entregan al público en coproducción este libro que, dando énfasis a trabajos
míos, compila un conjunto de valiosos escritos de 24 autores de 13 países sobre
investigación en comunicación en Latinoamérica. Reciban, pues, ellos mi mayor
agradecimiento por su noble patrocinio editorial que rescata algunas de mis mayores
inquietudes profesionales y pone al alcance de muchos textos primordiales de la escuela
crítica latinoamericana de comunicación. Reciba igualmente mi reconocimiento el
incansable propiciador de esa corriente de pensamiento, mi colega brasileño José Marques
de Melo, por el pórtico con que abre esta obra. Y conste también mi gratitud por el
eficaz apoyo que dieron a la producción de ella Iveth Cornejo, Nohora Olaya de Beltrán y
Gaby Romero, así como José Lus Aguirre, Carlos Arroyo, Erick Torrico, Walter Romero,
marcelo Alvarez y Rodrigo Díaz.
Aprecio, además, en toda su valía las palabras con que mis
estimados colegas Ronald Grebe, Jaime Reyes y José Luis Aguirre han querido presentar
este libro hoy aquí. Sus conceptos sobre mis labores como investigador social y teórico
de la comunicación me enaltecen por su generosidad y me emocionan por su sinceridad.
Acepten, pues, ellos mi más cálido agradecimiento y sepan que guardaré en lo hondo de
mi corazón sus voces amigas. Y acepten todos ustedes mi reconocimiento por su amable
compañia en este momento inolvidable para mí.
La obra así lanzada a circulación documenta el inicio, muestra la
trancedencia y señala la proyección de la investigación crítica sobre comunicación en
Latinoamérica. Tuve el privilegio de formar parte de ese inicio. Me sorprendío el nivel
de trascendencia que llegó a alcanzar el empeño. Y me solaza saber que lo planteado a
partir de los años 60 nosólo tiene aún cierta vigencia en el presente sino que puede
proyectarse, cuando menos en parte, hacia el futuro.
Vine a ser parte de aquel inicio cuando hacía estudios de postgrado en comunicación y
sociología en la Universidad del Estado de Michigan entre 1965 y 1970 bajo la guía de
ilustres investigadores y docentes como Everett Rogers y David Berlo. Allá experimenté a
la vez dos procesos de cambio profundos: la conversión de artistas de comunicación -
productor de sentidos - a científico de comunicación - productor de conocimiento - y el
descubrimiento de la dolorosa realidad latinoamericana de subdesarrolo causado por la
dominación interna y la dependencia exterior. Los dos procesos de metamorfósico
aprendizaje se fueron entrelazando al punto de forjar relaciones importantes entre sus
elementos clave. Así fueron naciendo en mí primero percepciones distintas de las
prevalecientes sobre la natureza del desarrollo, sobre la natureza de la comunicación y
sobre el papel de la comunicación en el desarrollo. Muy luego surgieron también en mí
percepciones distintas de las establecidas hastas entonces sobre la democracia, por una
parte, y sobre el papel de la ciencia en dociedades como las nuestras, las del
"Tercer Mundo". Fue analizando información, intercambiando opiniones y
emprendiendo reflexión que llegué a un esquema de pensamiento que denunciaría la
inequidad - intranacional e internacionalmente - en lo económico, lo social, lo político
y lo cultural y comunicativo. Fue también en virtud de ese ejercicio que llegaría, a
mediados de la década del 70, ya, reintegrando a la región, a criticar la adopción
indiscriminada de principios y procedimientos de investigación cientifica de
comunicación ajenos a nuestras realidades. Por todo ello - sin haberlo anticipado ni,
menos, procurado - vine a ser considerado uno de los fundadores de lo que llegaría a
conocerse como la "escuela crítica latinoamericana de comunicación". Y fue por
esa misma razón que hice aportes a la formulación de modelos para democratizar la
comunicación, a la proposición de forjar políticas nacionales de comunicación y al
anhelo tercermundista de estabelecer un nuevo orden internacional de la información.
¿Era esa "escuela" acaso una suerte de agrupación subversiva internacional con
directorio, plan y recursos? ¿Era un club académico - político con estatutos e
insignia? ¿Era un programa de una Unesco radicalizada en favor del cambio estructural?
¿Fue la agencia de alguna alianza de partidos reformistas? ¿O, quizás, una sociedads
secreta revolucionaria? Nada de eso fue, por cierto. Se trataba, en realidad, de un
movimiento intelectual independiente que fue surgiendo en varias partes de nuestra
América espontánea e inorgánicamente en torno a la coincidencia de inquietudes y a la
semejanza de planteamientos para cambiar la situación. Los integrantes de dicho
movimiento, que iba desde Máxico hasta Argentina, eran miembros de diversas
nacionalidades y profesiones que trabajaban en distintos tipos de entidades,
predominantemente universitarias, por lo general sin conocerse entresí. En efecto, yo,
por ejemplo, aunque comencé a contribuir escritos al movimiento desde 1969, sólo llegué
a conocer a precursores del mismo omo el argentino Eliseo Verón, el venezolano Antonio
Pasquali y el belga avecindado en Chile Armand Mattelart en 1971, 1974 y 1978,
respectivamente.
Casi ninguno era activista político-partidario y sus adscripciones ideológicas también
variaban desde el liberalismo hasta el marxismo pasando por la democracia cristiana, el
nacionalismo y la socialdemocracia. En suma, se trataba de una variopinta comunidad de
investigadores sin comandantes, consignas ni cuotas, de un conjunto de
"francotiradores" idealistas y voluntarios. Había, por tanto, dentro de aquella
diferencias y hasta divergencias importantes. Pero el compromisso con la causa del cambio
justiciero y democrarizante era unánime y firme. Me honra haber formado parte de tal
colectividad y me complace haber hecho, en mi tiempo y circunstancia,cuanto pude para
ayudar a acuerparla, orientaria e impulsarla.
Resulta paradójico, como lo ha señalado José Marques de Melo, que en Latinoamérica, en
cambio, haya ocurrido en la década del 90 una declinación del pensamiento propio sobre
comunicación en el ámbito académico, al que él ve hoy saturado de pensamiento foráneo
ajeno a cualquier inquietud justiciera, desentendido de la tragedia del subdesarrollo y
carente de compromiso de cambio. Es decir, hemos vuelto en algún grado a investigar con
antejoeras ajenas, a aplicar ciegamente teorías no siempre apropriadas a nuestras
distintas realidades, a no pensar ni autónoma ni creativamente.
En semejantes circunstancias, ¿cuál prodrá ser ahora la projección de la escuela
crítica latinoamenrica de comunicación? ¿Qué de ella es soslayable y qué es
rescatable? En este libro se transcriben sobre este particular valiosas ideas de un asiduo
y perspicaz analista de la investigación latinoamenricana, el mexicano Raúl Fuentes. Yo
añadiría a ellas solamente una anotación y un convencimiento. La primera es que no
perdamos de vista el hecho de que la situación criticada por la treintenaria escuela no
sólo que no ha sido superada sino que ha venido empeorando especialmente desde principios
de los 80, en lo socioeconómico y político tanto como en lo comunicativo-cultural. En
todo sentido la inequidad se ha acentuado marcada y peligrosamente. La América Latina del
2.000 no es, tristemente, mejor que la del 70. Por tanto, el cambio de la estructura que
aumenta la probreza y enturbia la recuperación democrática es hoy más necesario y
apremiante que antes. Hay muchísimo que hacer para evitar el desastre total. Y hacerlo
será tal vez más difícil que nunca.
¿Quién ha de escabezar esa misión de lucha quijotesca por el cambio en este mundo
internético, globalizado y neoliberal? Sin duda, tendrá que hacerlo el segmento de la
juventud a la que los destellos de la mercadocracia no han podido obnubilar, aquellos
comunicadores que sienten que su oficio está comprometido con el abhelo de una sociedad
próspera pero, ante todo, libre, justa y verazmente democrática.
A mi modo ver, no se puede ser joven sin ser capaz de inconformidad, ensoñación y
audacia. Por eso aún aliento empecinadamente la certeza de que, aunque los amantes de la
utópia sean pocos, lograrán descartar las antojeras y formarán pronto una nueva
vanguardia rebelde y redentora. |