PCLA - Volume 2 - número 1: outubro / novembro / dezembro 2000
La
microfísica de las prácticas cotidianas y la
recepción de la comunicación masiva
Erick
R. Torrico Villanueva
(Universidad Andina Simón Bolivar / Bolívia)
Recorrido hacia el
pensamiento de Michel de Certeau
(La Paz, enero del 2000)
Lo
cotidiano se inventa con mil maneras de
cazar furtivamente.
Michel
de Certeau, 1980
Principais
links
Introducción
Cotidianidad y comunicación masiva
Los efectos atraen las
miradas
Semejanzas en la posición crítica
Cambios en la percepción clásica
Lo
cotidiano recuperado
El poder desde el otro lado
La cotidianidad estructurada
En
pos del poder perdido
Los
otros productores
La comunicación como estrategia
Pistas
metodológicas
Tácticas
vs. estrategias: la microfísica de las prácticas
Algo de Gramsci y
Heller; poco de Foucault, nada de Bourdieu
Bibliografía
Introducción
La propuesta que hace
Michel de Certeau (1995ª) en sentido de esbozar los elementos de una teoría de las prácticas cotidianas, que vaya más
allá de las concepciones acerca de que éstas son el lugar de las resistencias o, al
contrario, de las inercias estructurales, constituye una base sumamente útil que,
por lo demás, ya está siendo empleada en el marco de los Estudios Culturales y del
enfoque teórico sobre las mediaciones- para reemprender la comprensión de los procesos
de la comunicación masiva[i].
Los
estudios, las conceptualizaciones y los diseños metodológicos respecto de
tales procesos estuvieron predominantemente caracterizados por dos perspectivas
contrapuestas pero igualmente absolutizadoras. La primera, la de la tradición
estadounidense inspirada en el funcionalismo sociológico, desde sus inicios definió a la
comunicación como una relación unilateral necesariamente mediada por tecnologías de
alcance masivo y que era capaz de moldear los pensamientos y comportamientos de quienes se
encontraban en el polo de los destinatarios; y la segunda, vinculada más bien a las
elaboraciones de la Teoría Crítica sobre la industria cultural y que también recogió
las ideas de Marx y Engels respecto de la ideología y el control de los medios de
producción espiritual por la clase dominante, así como halló renovados
fundamentos -en el caso latinoamericano- en algunas interpretaciones de la Teoría de la
Dependencia, también concibió a los medios masivos como todopoderosos aunque, a
diferencia de la vertiente anterior, les
agregó un compromiso abierto o velado con los intereses de la dominación y el
imperialismo.
Ambos puntos de vista, como se puede advertir, convergieron en una sobrevaloración
del poder mass-mediático, lo que les llevó a coincidir en que quienes se encontraban del
otro lado, esto es, los individuos, los
grupos o las clases cuyo papel en el proceso de la comunicación masiva se circunscribía
al ámbito de la recepción, carecían
incluso de la más mínima posibilidad de acción y razonamiento autónomos. El peso de la
estructura era visto, así, como decisivo. La cotidianidad, en este caso, quedaba reducida
a un espacio de reproducción mecánica, rutinaria y acrítica de las órdenes
provenientes de los medios.
Es cierto, sin embargo, que se presentó asimismo, desde la izquierda, una lectura
de los hechos que llegó a sobredimensionar los niveles de conciencia y de convicción
revolucionaria con que presuntamente se exponían a los contenidos de la prensa, la radio,
el cine o la televisión los individuos de los sectores populares, es decir, de aquellos
(semi)proletarizados. De ahí nació la línea contestataria de la comunicación
alternativa y popular, que buscaba convertir el campo comunicacional en una arena de
confrontación radical entre dominadores y dominados al igual que crear espacios de
autogestión incontaminada[ii]. Otra vez,
entonces, la cuestión del poder subsumió lo que realmente interesaba conocer y trabajar
estratégicamente: el fenómeno de la comunicación masiva y la interacción de medios y
receptores mediada no apenas por las tecnologías o las ideologías sino -y quizá principalmente- por las
culturas.
En el trayecto de esas circunstancias, los análisis y las discusiones sobre la
materia empezaron a nutrirse de contribuciones desarrolladas en otras áreas como la
sociología, la filosofía, la antropología y las ciencias políticas-, a la par de que
continuó la reflexión acerca de la naturaleza y los límites del objeto de la disciplina comunicacional.
Poco a poco, por tanto, irrumpieron en el altamente ideologizado campo de la
especialidad elementos cuestionadores y motivadores como la microfísica del
poder foucaultiana que no se pregunta por el ser del poder sino por sus mecanismos
cuadriculadores de la cotidianidad o como el planteamiento bourdiano sobre el
conocimiento praxiológico que aspira a relacionar en términos dialécticos
las estructuras objetivas y las disposiciones individuales estructuradas, cada cual
modificando a su manera las concepciones previas relativas a la omnipotencia
mass-mediática.
Los Estudios Culturales impulsados por críticos británicos como Richard Hoggart[iii] inauguraron, a su vez, otros exámenes orientados a entender los
usos populares de los bienes simbólicos industriales.
Así, el sujeto el receptor, para lo que acá preocupa- volvió a tener mayor
o menor presencia en el proceso comunicacional masivo y, por supuesto, la cuestión de la
cultura entró en escena.
En esa misma vertiente, pero más recientemente, fueron introducidas en el debate
las aportaciones hechas por el pensador e investigador francés Michel de Certeau
(1925-85) en torno a la distinción sustancial entre usuarios y
consumidores culturales, al igual que respecto de que las prácticas de uso
deben ser pensadas como tácticas enfrentadas a estrategias de control y, además, como una otra producción.
De todas formas, tal vez lo que de Certeau ofrece como propuesta interpretativa se
halla entre lo más relevante y pertinente para la investigación y la teorización de uno
de los componentes más polémicos de los procesos masivos de comunicación, la
recepción, considerado normalmente como el polo de la pasividad, el conformismo y la
simple reproducción.
Si se entiende que hoy casi nadie en ningún lugar
queda al margen de la comunicación masiva y que, en consecuencia, ésta es
consubstancial a la cotidianidad, resulta válido ensayar un análisis de las relaciones
entre esa forma prevaleciente de la comunicación y la vida cotidiana tanto como de
aquellas otras, más bien internas del proceso comunicacional, que vinculan a medios con
receptores. La revisión, para el efecto, de las elaboraciones diversas de Agnes Heller,
Michel Foucault y Pierre Bourdieu, así como de algunas de las principales ideas de las
tradiciones funcionalista y crítica en el campo de la comunicación masiva,
proporcionará una base suficiente para presentar en este trabajo el modelo interpretativo
formulado por de Certeau junto a las características de su aplicación al examen de la
recepción.
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Cotidianidad
y comunicación masiva
Fue en el curso del siglo XX que los medios de comunicación masiva, en especial
con el desarrollo tecnológico y la amplia difusión de la radio y la televisión
que se sumaron a los más antiguos periodismo impreso y cine-, penetraron por
completo el mundo de la cotidianidad, seguramente tanto como el terreno de lo público,
sirviéndoles incluso de punto de tránsito recíproco y, por ende, de
interrelación.
Si lo cotidiano refiere a lo que la gente hace todos los días, a sus rutinas
familiares, laborales, de instrucción y de distracción, a sus territorios de
reproducción individual y social, a su habitualidad, esa dimensión
espacio-temporal de las vivencias particulares no es hoy pensable fuera de la presencia y
la acción de los mass-media. Todos los sitios y niveles en que se desenvuelve la vida
diaria son lugares de exposición a esos medios, que se han convertido en componentes de
la institucionalidad social: de la familia, la escuela, el trabajo y la
diversión.
Así, lo mass-mediático, que existe como un afuera respecto de la
cotidianidad, funciona al mismo tiempo siendo parte del adentro,
conformándolo, tanto en sentido de ser uno de sus elementos constitutivos como de incidir
en su propia configuración. Y ese fuerte vínculo de los medios con los públicos, es
decir, con quienes se exponen a los mensajes y contenidos puestos en circulación por
aquéllos, fue y es aún una de las preocupaciones centrales de la investigación y la
teoría comunicacionales, pues se entiende que algunas consecuencias debe tener.
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Los efectos
atraen las miradas
Ése fue precisamente el tema que originó los estudios especializados fruto de los
cuales nació una disciplina que no logra alcanzar una clara delimitación debido a que su
objeto de estudio el proceso de la comunicación- atraviesa todas las esferas de lo
societal (o, si se quiere, está más bien atravesado por ellas).
A la propuesta de una teoría matemática de la información efectuada
por el ingeniero de telecomunicaciones Claude
Shannon en 1949 y cuyo interés era asegurar la eficacia de la transmisión del mensaje
con el mínimo gasto de energía y sin ruidos, se agregaron los abordajes psicológicos y
políticos de Paul Lazarsfeld y Harold Lasswell, respectivamente, el primero concentrado
en las reacciones de los públicos ante los medios y sus contenidos y el segundo en la
comunicación eficiente[iv].
De ese modo, la concepción matemática que privilegió el carácter
unilineal del proceso -y con ello al emisor y al medio técnico-, fue complementada con la
búsqueda del conocimiento del impacto de la emisión (de sus efectos) y con los esfuerzos para medirlo. Tales
rasgos son los definitorios de la llamada tradición
empírica, que en sus comienzos llegó incluso al extremo de atribuir a los mass-media
un poder omnímodo sobre sus audiencias[v].
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Semejanzas en la posición crítica
Mientras eso acontecía en el lado administrativo[vi][vi], en
el de los críticos las cosas, en términos de
parámetros explicativos, no eran muy diferentes.
Lo que predominaba en este otro terreno era el entendimiento de los medios masivos
como una institución homogénea y unilateralmente influyente al servicio de la
explotación y la dominación capitalistas pero también, cuando menos en el caso de
Vladimir I. Lenin, útiles en potencia para la confrontación ideológica, la
transformación revolucionaria y la consolidación socialista.
Las principales elaboraciones más concretas sobre el particular corresponden a los
representantes de la Escuela de Frankfurt, que cuestionaron a partir del concepto de
industria cultural la producción y distribución estandarizadas de bienes
culturales masivos calificados como cosificadores y dañinos[vii].
Los supuestos negativos de la Teoría Crítica fueron aplicados más tarde en la
teoría del imperialismo cultural, que enfatiza el análisis de los aspectos
estructurales y contextuales económicos y políticos, básicamente- que condicionan
los procesos de comunicación masiva (la propiedad de los medios, la orientación
ideológica de los contenidos, la intencionalidad de las emisiones, la lógica de la
producción y distribución de los mensajes y sus soportes, etc.) y que, inclusive,
llegarían a determinarlos.
Otra vez, por tanto, los mass-media aparecen bajo una consideración que los hace
todopoderosos frente a las masas[viii], aunque
subordinados a los intereses del gran capital.
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Cambios en la percepción clásica
El inicial esquema mecanicista y fundado en la lógica conductista del
estímulo-respuesta (punto de vista que, como se dijo, era compartido por los críticos)
fue paulatinamente modificado; no obstante, nunca dejó de tener vigencia.
Los modelos analíticos incorporaron nuevas variables a la comprensión de lo que
antes, en materia de efectos de la comunicación masiva, en el empirismo se consideraba
prácticamente una imposición desde los medios.
Durante las décadas de 1940 a 1960 Elihu Katz examinó los procesos de
intermediación en la difusión de ideas y prácticas nuevas, P. Lazarsfeld y Herbert
Menzel introdujeron el tema de los liderazgos de opinión como mediadores entre los
medios y los receptores- y generaron la teoría de los dos pasos que contempla
dos flujos de transmisión: el del medio al líder y el del líder al receptor, y otros
autores como Eleanor Maccoby aportaron elementos de juicio acerca de la disposición
subjetiva de los receptores para adoptar o no valores o conductas presentados por los
medios, los cuales coadyuvaron a la relativización de las creencias previas en la
omnipotencia mass-mediática[ix].
En esa misma línea, Joseph T. Klapper sostuvo que En general, la
comunicación colectiva reafirma las actitudes, gustos y predisposiciones existentes y las
tendencias del comportamiento de los miembros de los públicos perceptores, incluyendo
aquellas que favorecen el cambio. Rara vez sirven por sí solos para crear una
metamorfosis (Schramm, 1965:62), mientras el propio Wilbur Schramm concluyó en que
los medios pueden influir en algunas personas, algunas veces y sobre algunos temas[x].
Tal vez el hito más importante de este recorrido, ya en el decenio de 1970, estuvo
marcado por la formulación de la hipótesis de usos y gratificaciones, que
invirtió el supuesto funcionalista tradicional de que los medios respondían a
determinadas necesidades socialmente establecidas y planteó que más bien satisfacen las
de los miembros particulares de las audiencias, que tienen plena conciencia de ellas[xi], o sea que de la
pregunta ¿qué le hacen los medios a la gente? se pasó a la de ¿qué
hace la gente con los medios?.
Todo lo precedente impulsó una cierta flexibilización de los supuestos de los
estudios de efectos mas, en verdad, sin conseguir alterarlos sustancialmente.
La variación, aunque desde otros puntos de mira, afectó asimismo al campo
crítico. Probablemente la influencia más significativa en esta materia provino de los
conceptos de Antonio Gramsci sobre el Estado ampliado (coerción + consenso) y
los medios de hegemonía. Pese a que los marxistas tradicionales se
resistieron a aceptar la estrategia de la reforma
intelectual y la guerra de posiciones, lo
cierto es que después de las ideas gramscianas ya no resultaba posible entender de la
acostumbrada forma vertical la política, la ideología, la comunicación masiva ni sus
medios, como tampoco lo popular, caracterizado en el pensamiento de Gramsci no por una
colocación estructural sino por su uso[xii].
Gramsci ayudó a pensar lo mass-mediático también en pro de las clases
subalternas y las acciones contra-hegemónicas posibles.
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Lo cotidiano
recuperado
Los acercamientos convencionales a la comunicación masiva nunca habían tematizado
de modo específico ni sistemático la cotidianidad, ya que en la práctica la reducían a punto de llegada de los
mensajes de los medios y, dado que no contemplaban ninguna actividad consciente de parte
de los receptores, no se vieron inducidos a examinar la cuestión salvo, de forma
colateral, en la ya señalada hipótesis de usos y gratificaciones que sí reconoció en los miembros de los públicos
mass-mediáticos una capacidad de selección de los contenidos y unas posibilidades de
utilización de los mismos en función de sus correspondientes necesidades, pero sin que
ello supusiera algún proyecto social o unas
prácticas determinadas.
Por eso la contribución de Gramsci
cobró especial importancia, ya que dio margen a otro entendimiento de los juegos
estratégicos que se desarrollan en el seno de la sociedad civil (en lo cotidiano, se
podría decir) y, consiguientemente, mostró las fisuras y alternativas, los rechazos y
las complicidades inter-clasistas, que hacían más adecuado hablar de construcción de la
hegemonía que de reproducción mecánica de la dominación.
Otro paso clave en esa nueva comprensión, en ese desbloqueo desde el
marxismo como dice Martín-Barbero (1998) con relación a Gramsci, estuvo representado por
las reflexiones de la húngara Agnes Heller sobre la vida cotidiana.
Heller identifica esa vida cotidiana, más allá de la esfera del trabajo, como el locus de la transformación revolucionaria, por
cuanto señala- es ahí donde se hace la historia, razón por la que, siendo la
esencia de la vida social, lo cotidiano no se lo puede diferenciar de lo no cotidiano.
La vida cotidiana no está fuera de la historia, sino en el
centro del acaecer histórico: es la verdadera esencia de la
sustancia social, afirma (1985:42).
Para esta autora, la cotidianidad atinge a todo el hombre (el
hombre entero, que no se divide para vivirla) de todos los
hombres. Por eso constituye tanto el lugar de la reproducción social como el de la
autorreproducción individual[xiii]. El individuo
es el hombre que, a la vez de ser alguien particular, despliega las potencialidades del
género humano, de lo específico. Sin embargo, La vida cotidiana es, de todas las
esferas de la realidad, la que más se presta a la
extrañación ( :63), esto es, a la separación de ser (particular) y esencia
(especificidad), lo que es producto de las circunstancias sociales que origina la
estructura económica, en especial la capitalista, que ha exacerbado hasta el
extremo esta contradicción ( :66).
Queda, pues, de manifiesto el determinismo estructural sobre la cotidianidad en el
pensamiento de esta autora, lo que la lleva a plantear el objetivo de la
humanización de la vida cotidiana, de su reestructuración, que
no está divorciado de aquel otro, mayor y primero, que implica la superación
revolucionaria del modo de producción capitalista[xiv].
No obstante de que Heller no abordó en concreto la problemática de la
comunicación masiva, es dable asumir que su convocatoria a efectuar una crítica de
la vida y del pensamiento cotidianos no sólo es
útil para pensar las vinculaciones entre procesos de mass-mediación, estructura y vida
cotidiana sino, además, las posibilidades de hacerlo desde la óptica de una utopía de
transformación capaz también de revolucionar lo cotidiano, lo receptivo, para lo que
acá interesa. Hay que recordar, empero, que el cambio de la cotidianidad presupone el
estructural.
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El poder desde el otro lado
Como se puede advertir por los antecedentes anotados, las condiciones para admitir
otras perspectivas casualmente europeas todas- en el estudio de la comunicación
masiva no sólo que estaban dadas sino que iban en aumento. Una de tales perspectivas fue
la analítica del poder de Michel Foucault, que dejó de preocuparse por la
naturaleza, el origen y los detentadores del poder para más bien trabajar en el
desmontaje de los dispositivos[xv] que, en todos los
puntos de la sociedad, operan en el disciplinamiento, marcando los cuerpos,
para hacer funcionar las dominaciones.
Una idea central de este filósofo francés expresa lo siguiente: El poder, eso no existe. Quiero decir esto:
la idea de que hay en un sitio dado, o emanando de un punto dado, algo que es un poder, me
parece reposar sobre un análisis falseado y que, en todo caso, no da cuenta de un número
considerable de fenómenos. El poder consiste en realidad en unas relaciones, un haz más
o menos organizado, más o menos piramidalizado, más o menos coordinado de
relaciones (Foucault, 1983:188).
Esa búsqueda destinada a comprender el poder en
acto fue mucho más allá que las de Gramsci y Heller en su percepción de lo
cotidiano respecto de lo estructural. Puede decirse que provocó un cambio de fondo al
concentrarse en la mecánica del poder, de ese que según el autor se teje en
todos los rincones y niveles de la vida diaria y que está sometido a los vaivenes de las
fuerzas que se correlacionan. Foucault prefiere hablar por eso de situaciones
estratégicas de poder.
En la sociedad hay resistencias y el poder se ejerce de una manera poliforme y
heterotópica para vencerlas, ahí donde se presentan; esto, como es evidente, abre la
opción de que la interacción de fuerzas dé resultados no siempre favorables para la
sujeción deseada.
Pero además de esa puesta en duda de cualquier poder considerado monolítico,
vertical y exclusivamente emisivo, el ángulo de mira foucaultiano ofrece dos elementos
complementarios aprovechables en el examen de la recepción de lo mass-mediático[xvi]: la existencia no de
una dominación, férrea, homogénea, sino de varias, inestables, y la consiguiente
pluralización de las posibilidades de constitución de los sujetos en base a juegos de
fuerzas.
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La
cotidianidad estructurada
El nuevo reconocimiento de la capacidad del actor -atribuible entre otras
influencias a la de Foucault- generó posiciones que, tanto en sociología como en el
estudio de la comunicación masiva, condujeron a una exaltación de la resistencia y el
poder antagónicos a las determinaciones estructurales. Se pasó, así, del énfasis en el
polo de los dominadores (o emisores y medios) al que se puso en el otro, el de los
dominados (o receptores). Y es justamente en la discusión planteada por esa incorrecta
disyuntiva[xvii] que hace su ingreso la
sociología de la práctica del francés Pierre Bourdieu, dirigida a
retrabajar la cuestión de la mediación entre el agente social y la sociedad
(Ortiz, 1983:8).
Bourdieu cuestiona tanto el conocimiento objetivista, que prioriza las
estructuras, como el conocimiento fenomenológico, que privilegia la
experiencia primera del mundo social, y opta por un tercer tipo de conocimiento, el
praxiológico que, conservándolas, espera superar las adquisiciones del
objetivista, pues ...tiene como objeto
no solamente el sistema de las relaciones objetivas que el modo de conocimiento
objetivista construye, sino también las relaciones dialécticas
entre esas estructuras y las disposiciones
estructuradas en las cuales ellas se actualizan y que tienden a reproducirlas, esto es, el
doble proceso de interiorización de la exterioridad y de exteriorización de la
interioridad (Bourdieu, en Ortiz:47).
Esa fórmula para escapar del realismo de la estructura, en criterio
del autor, consiste en ir del opus operatum
al modus operandi, es decir, de la
estructura al habitus[xviii], ya que sólo entonces
es factible construir una teoría del modo de engendramiento de las prácticas
( :60).
Se
tiene, entonces, unos
esquemas generativos[xix] que dan lugar a los habitus, los que a su vez, aparte de reproducir a
los primeros, dan lugar a las prácticas y a las representaciones.
Es de advertir que,
aunque Bourdieu pretendía inicialmente poner en evidencia las capacidades de creación e
invención (o sea la potencialidad transformadora de las prácticas) del agente social con
el concepto de habitus[xx], al final ellas dejaron de ser
tomadas en cuenta, lo que constituye una clara limitación pro-estructural (y se diría,
por tanto, pro-objetivista) en la teoría bourdiana. García Canclini dice a este
respecto: Pese a que Bourdieu reconoce esta diferencia entre habitus y prácticas, se centra más en el primero
que en las segundas. Al reducir su teoría social casi exclusivamente a los procesos de
reproducción, no distingue entre las prácticas
(como ejecución o reinterpretación del habitus) y la praxis (transformación de la conducta para la
transformación de las estructuras objetivas). No examina, por eso, cómo el habitus puede variar según el proyecto reproductor
o transformador de diferentes clases y grupos (Prólogo a Bourdieu, 1990:36).
Lo
novedoso de la propuesta, sin embargo, radica en el papel que Bourdieu asigna a la situación en que ocurre la realización del habitus: ambos entran en una relación dialéctica
que torna posible la realización de tareas infinitamente diferenciadas
(Bourdieu en Ortiz:65). Es, pues, la coyuntura,
como estado particular de la estructura, la que condiciona aquella
realización y la diferencia, muy sutilmente, de la mera ejecución mecánica de un
esquema preestablecido.
Trasladado
este modelo al análisis de la cultura, de la cual el campo comunicacional sería un
componente, se puede manifestar con Lull que los actores sociales son agentes
activos, intencionados, que no reproducen la cultura a ciegas; los modos de conducta que
componen el habitus responden a una configuración, pero ésta no es absolutamente regular
o legal: y una parte importante del sistema de disposiciones y lógica práctica del
habitus es la vaguedad, característica que garantiza la espontaneidad y la
improvisación en las relaciones corrientes de las personas con el mundo
(1997:97).
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En pos del poder perdido
Con antecedentes en la década
de 1950, como el ya citado libro de Hoggart o el más famoso aún de Raymond Williams[xxi], la corriente de los Estudios
Culturales alcanzó su mayor desarrollo veinte años después cuando se consolidó el Center for Contemporary
Studies de la Universidad de Birmingham fundado por Hoggart en 1964.
Lo inicialmente definitorio de
este proyecto investigativo era examinar las diversas lecturas que es dable
encontrar en los receptores de mensajes masivos y otros productos culturales y que
dependen tanto de la polisemia propia de los textos[xxii] como del hecho de que
la recepción se hace siempre desde una subcultura determinada. En este caso, los
diferentes comportamientos individuales de la cotidianidad eran referidos a diferencias
culturales.
Al
principio, además, los Estudios Culturales y sus representantes estaban inspirados en el
marxismo y se identificaban plenamente con proyectos políticos cuestionadores del poder,
la dominación y la ideología.
Posteriormente,
entre los decenios de 1980 y 1990, el eje de la atención se desplazó hacia las formas de
poder cultural ejercidas por los receptores en su vida diaria, lo que implica,
de una sola vez, la despolitización de la perspectiva y el abandono del horizonte
utópico que la alimentaba. Barker y Beezer sostienen al respecto que Los estudios
culturales han cambiado su base fundamental, de manera que el concepto de
clase ha dejado de ser el concepto crítico central. En el mejor de los casos,
ha pasado a ser una variable entre muchas, pero frecuentemente entendido ahora
como un modo de opresión, de pobreza; en el peor de los casos, se ha disuelto. Al mismo
tiempo, el centro de atención principal se ha deslizado hacia cuestiones de subjetividad
e identidad y hacia esos textos culturales y mediáticos que habitan en los dominios
privado y doméstico, y a los cuales se dirigen. Simultáneamente, ha habido un
deslizamiento hacia una metodología que restringe la interpretación a aquellos casos en
los que se ve a los participantes capacitados, y que aparta la atención de las
estructuras (1994:25).
El vaciamiento de la politicidad
intrínseca que poseían los Estudios Culturales los ha conducido a formas culturalistas
que, como explica Martín-Barbero (1998), separan lo cultural de las condiciones
materiales de existencia y, por tanto, le privan de contenido histórico. Ni siquiera,
entonces, se ve el poder difuminado, al estilo de Foucault, sino que ya no se lo ve, y
junto a él se ha hecho desaparecer también a la ideología. Se está produciendo, pues,
un paradójico potenciamiento teórico neutralizador de la vida cotidiana de los
receptores. Sin embargo, críticos de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica vienen
llamando la atención sobre la necesidad de recuperar a la clase, el poder y la ideología
como categorías de análisis[xxiii], pero sin reclamar su presunta
exclusividad en tanto factor explicativo.
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Los otros productores
La investigación que desde
mediados de la década de 1970 y hasta principios de la siguiente condujo Michel de
Certeau sobre distintos aspectos de la cultura contemporánea y popular en Francia y en
vista a la formulación de directrices políticas hizo que este filósofo jesuita
incorporara al bagaje de sus preocupaciones la cuestión de la comunicación, con sus
fundamentos y componentes, sus operadores, las tecnologías de que se sirve en su forma
masiva y las prácticas de sus usuarios. En buena medida, esa labor fue la prosecución de
aquella otra que inauguró cuando ocurrió la impugnación simbólica del
poder[xxiv], en mayo de 1968,
durante el movimiento universitario y obrero que se propuso, sin finalmente poder
lograrlo, desconocer el sistema y transformarlo, y estuvo alentada por la posibilidad
cierta de incidir en los tomadores de decisiones para impulsar una deseada
democratización de la palabra.
Con la clara conciencia de que
los consumidores no son pasivos ni sus conductas están masificadas, de Certeau diseñó y
desplegó un abordaje innovador de la cotidianidad como espacio de operaciones
anti-disciplinamiento y, en consecuencia, de otra producción, interpretable
en términos de acción política con inteligibilidad propia[xxv].
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La
comunicación como estrategia
La comunicación es el
mito central de nuestras sociedades desgarradas entre el desarrollo de la difusión y la
atomización, dice de Certeau (1995b:137), pues explica que A medida que crece
la información distribuida en todo el espacio social, disminuyen las relaciones entre los
practicantes[xxvi] de este espacio (ídem); en otras palabras, mientras más se
complejiza y dinamiza la circulación de datos, menor es la comunicación real.
De
ahí que la comunicación resulte instrumentalizada por la economía mercantil, mas
también por los intereses políticos de control, en particular de aquellos que buscan
restringir los flujos locales y extender, redes mediante, los que proceden de un
determinado centro de poder. Tales hechos provocan la confusión de la comunicación con
las infraestructuras tecnocráticas
creadas para administrarla y extender sus ramificaciones ( :139).
Frente
a ello se requiere un trabajo de análisis de tipo sociológico y antropológico que
remarque el hecho de que la comunicación es solamente una estrategia de
transacción, ya que está constituida por un complejo y sutil juego de intercambios y retiradas, de aperturas y de cierres,
de silencios y explicitaciones, y se presenta como una combinatoria (de variables
múltiples) de comunicaciones cualitativamente heterogéneas, diversamente
estratificadas y mutuamente compensatorias ( :140).
Para
de Certeau, la comunicación tiene como carácter su extrema necesidad,
consistente en que hace posible la vida social, la interacción humana, y está fundada en
un equívoco necesario, esto es, en la
existencia de un tipo de intercambios en que los sujetos hallan un espacio de encuentro
para sus diferencias y un modo de negociación para yuxtaponer voluntades de difusión y
estrategias de acción fundamentalmente antagonistas (ídem).
Se trata, entonces,
sin desconocer el dato de lo tecnológico[xxvii], de restablecer
la posibilidad de las alternativas a partir de las apropiaciones[xxviii] y reapropiaciones que hacen los
usuarios de tales medios y sus contenidos, para lo que resulta indispensable tomar en
consideración los elementos fundadores de la
comunicación: lo oral, lo operativo y lo ordinario, que han sido marginados por la
industria y la tecnología comunicacionales: La cultura oral se ha vuelto el punto
que una escritura debía educar o informar; los practicantes se transformaron en
consumidores supuestamente pasivos; la vida ordinaria se constituyó en un vasto
territorio abierto a la colonización de los medios. Sin embargo, como lo muestra todo
análisis un poco atento más allá de los estereotipos, los elementos que se creía
eliminados todavía determinan los intercambios sociales y organizan la manera de
recibir, es decir, de transformar los mensajes de los medios y de
usarlos ( :147-148).
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Pistas
metodológicas
Que
de Certeau hable de practicantes es un factor
fundamental de su formulación teórica: primero, en razón de que es un abierto rechazo
al apelativo de consumidores que gustan utilizar los emisores (los
productores); segundo, porque da cuenta de la potencial pluralidad de
conductas propias de las prácticas individuales, y tercero, ya que remite a la acción
creadora de quienes se exponen a los medios, a su capacidad de fabricar en
base a los productos recibidos (lo que es igual a los usos). No puede haber, por tanto, práctica sin
uso, es decir, comportamiento sin operación de empleo.
Al respecto, este
autor sostiene que La fabricación por descubrir es una producción, una
poiética[xxix], pero oculta, porque se
disemina en las regiones definidas y ocupadas por los sistemas de producción
(televisada, urbanística, comercial, etcétera) y porque la extensión cada vez más
totalitaria de estos sistemas ya no deja a los consumidores un espacio donde
identificar lo que hacen de los productos. A
una producción racionalizada, tan expansionista como centralizada, ruidosa y
espectacular, corresponde otra producción,
calificada de consumo: ésta es astuta, se encuentra dispersa pero se insinúa
en todas partes, silenciosa y casi invisible, pues no se señala con productos propios
sino en las maneras de emplear los productos
impuestos por el orden económico dominante (1995ª:XLIII de la Introducción
general).
Entendiendo
que tales maneras de hacer operaciones fragmentarias y multiformes que
implican un arte de combinar indisociable de un arte de utilizar"- deben
responder a una lógica, de Certeau plantea que ya no se trata de
precisar cómo la violencia del orden se transforma en tecnología disciplinaria, sino de
exhumar las formas subrepticias que adquiere la creatividad dispersa, táctica y artesanal
de grupos o individuos atrapados en lo sucesivo dentro de las redes de la
vigilancia ( :XLV), al igual que se trata de caracterizar los modelos de
acción en función de los que se desenvuelven los usuarios.
Así,
el punto de vista metodológico sugerido por el autor es el de un análisis
polemológico de la cultura que reconozca las tácticas del consumo que
representan las prácticas cotidianas en medio de los campos de fuerzas donde el conflicto
se da entre practicantes con ingenio y dispositivos de producción sostenidos por
estrategias. Para ello, asimismo, toma como categoría central a la lectura, como actividad, como producción
silenciosa, como ocupación por el receptor del espacio del emisor, como
construcción de frases propias con un vocabulario y una sintaxis recibidos.
La
pregunta investigativa clave es, por ende, la relativa a lo que fabrica el
consumidor, a sus operaciones de empleo del repertorio masivo, a lo que le
convierte, con las limitaciones del caso, en autor.
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Tácticas vs.
estrategias: la microfísica de las prácticas
Si el hecho es que lo que produce un practicante no acaba de ser un producto sino
un valerse de, una serie de prácticas furtivas expresadas en
artes de hacer, en formas de usar lo ya producido, el esquema inicial que de
Certeau formula para abordar tal cuestión se basa en la diferenciación
confrontación y correlación al mismo tiempo- entre estrategias (del productor) y tácticas (de los consumidores), vistas
como lugares desde los que se actúa, lugar propio y bajo control en el primer
caso; lugar reactivo en el lugar del otro, en el segundo.
Llamo estrategia dice de
Certeau- al cálculo (o a la manipulación) de las relaciones de fuerzas que se hace
posible desde que un sujeto de voluntad y de poder (una empresa, un ejército, una ciudad,
una institución científica) resulta aislable
( :42), y aclara que Las estrategias son pues acciones que, gracias al
principio de un lugar de poder (la propiedad de un lugar propio), elaboran lugares
teóricos (sistemas y discursos totalizadores) capaces de articular un conjunto de lugares
físicos donde se reparten las fuerzas. Las estrategias combinan estos tres tipos de
lugares, y tienden a dominar a unos con otros ( :45).
Y respecto de la táctica anota que es la acción calculada que determina la
ausencia de un lugar propio. Por tanto ninguna delimitación de la exterioridad le
proporciona una condición de autonomía. La táctica no tiene más lugar que el del otro.
Además, debe actuar con el terreno que le impone y organiza la ley de una fuerza
extraña ( :43), y añade que Las tácticas son procedimientos que valen por
la pertinencia que dan al tiempo: en las circunstancias que el instante preciso de una
intervención transforma en situación favorable, en la rapidez de movimientos que cambian
la organización del espacio, en las relaciones entre momentos sucesivos de una
jugarreta, en los cruzamientos posibles de duraciones y de ritmos
heterogéneos, etcétera. ( :45).
Las estrategias se fundan en la administración del espacio; las tácticas en la de
los no lugares y de kairos, la ocasión.
En consecuencia, y apelando a una cierta analogía con las ideas de Foucault, es
dable caracterizar a este enfoque sobre la cotidianidad como una microfísica de las prácticas, que
al admitir la politicidad de las tácticas piensa las prácticas cotidianas como ejercicio
de microrresistencias y micro-libertades, pero a la vez de formas que
producen sacudidas (...) en los cimientos del poder.
La intención de de Certeau lo afirma él mismo- no es llegar a constituir una semiótica general
de las prácticas, sino sugerir algunas maneras de pensar las prácticas
cotidianas de los consumidores, al suponer de entrada que son de tipo táctico. Habitar,
circular, hablar, leer, caminar o cocinar, todas esas actividades parecen corresponder a
las características de astucias y sorpresas tácticas: buenas pasadas del
débil en el orden construido por el fuerte, arte de hacer jugadas
en el campo del otro, astucia de cazadores, capacidades maniobreras y polimorfismo,
hallazgos jubilosos, poéticos y guerreros ( :46).
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Algo de Gramsci y
Heller; poco de Foucault, nada de Bourdieu
En
las elaboraciones de Michel de Certeau se puede hallar algún rastro del pensamiento
gramsciano y del de Heller.
La comprensión
del ámbito de lo cotidiano como un campo de relación de fuerzas y de despliegues
estratégico-tácticos, capaz de abrir boquetes y generar alternativas en la presuntamente
monolítica dominación, es una evidencia de lo primero; la valoración de la cotidianidad
en tanto espacio politizado y lugar donde cada quien hace dentro de lo hecho
por otros, implica, como sostiene Heller, una legitimación de la índole histórica de
ese lugar , la vida cotidiana, en que la sociedad y los individuos se reproducen. Sin
embargo, las afinidades (¿o inspiraciones?) llegan hasta ahí, pues de Certeau no opta
por la construcción contra-hegemónica ni expresa confianza en la modificación
estructural de la cotidianidad.
Con respecto a Foucault y Bourdieu son más bien
remarcables las diferencias que las proximidades.
Aunque de la perspectiva foucaultiana recupera esa presencia múltiple de
prácticas (de operaciones, de manipulaciones técnicas), de
Certeau plantea que ellas no son sólo procedimientos de marcación cuyas combinatorias
resultantes sean las estrategias de los dominadores. Acerca de esto señala: Resta
saber qué sucede con los otros procedimientos, también infinitesimales, que no han sido
privilegiados por la historia y que no ejercen una actividad innumerable entre
las mallas de las tecnologías instituidas ( :57). Lo que aquí reclama de Certeau
es la necesidad de conocer las prácticas del no acatamiento, esas otras técnicas que no
acaban de ser visibilizadas en las investigaciones de
la microfísica del poder.
En lo concerniente a Bourdieu, la distancia es más clara, pues para de Certeau el
concepto de habitus, eje explicativo de la
sociología de la práctica de aquél, neutraliza la potencial creatividad de
sus ejecutantes: La cobertura que la teoría de Bourdieu arroja sobre
ellas [las tácticas] como para extinguir sus fuegos al certificar su docilidad a la
racionalidad socioeconómica, o como para celebrar su funeral al declararlas
inconscientes, debe enseñarnos algo sobre su relación con toda teoría ( :68).
...es la génesis lo que interesa a Bourdieu, el modo de generación de
las prácticas. No, como a Foucault, lo que producen, sino lo que las produce
( :66). De ahí que la originalidad de Michel de Certeau que se opone a las ideas
parciales de la disciplina y la pasividad- radique tanto en hablar de uso y no de consumo como,
principalmente, en dirigir la mirada analítica hacia los procedimientos de los practicantes, sus astucias,
su sofística; en otras palabras, hacia las artes de hacer con que inventan lo cotidiano y
con las cuales, por tanto, se exponen a los medios y mensajes de la comunicación masiva.
Etv.
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[i] Se puede consultar a este respecto la
fundamental reseña crítica de Martín-Barbero (1998) sobre los hilos del debate teórico
acerca de las relaciones entre cultura, pueblo y masa.
[ii] Véase Mattelart (1989), en especial la
segunda parte, dedicada a los Nuevos paradigmas.
[iii] Este estudioso de la etnología examinó en
un libro publicado en 1957 (The Uses of Literacy)
las complejas relaciones existentes entre la cotidianidad y la cultura industrializada en
la perspectiva de la clase obrera urbana británica.
[iv] Lasswell,
que estableció lo que es considerado un paradigma analítico en Comunicación
(¿Quién-dice qué-en qué canal-a quién-y con qué efecto?), esperaba que
un proceso eficiente de comunicación cumpliera tres funciones sociales, a saber: a)
vigilancia del entorno, revelando amenazas y
oportunidades que afecten a la posición de valor de la comunidad y de las partes que la
componen; b) correlación de los componentes
de la sociedad en cuanto a dar una respuesta al entorno; c) transmisión del legado social (Moragas,
1993:68).
[v] Es el caso de la teoría de la aguja
hipodérmica, que presuponía que los medios tenían la potestad de
inyectar formas de pensamiento o conducta en los receptores (Cfr. De Fleur,
1976:165-174).
[vi] Lazarsfeld separó a éste, orientado a
mejorar la eficacia de los procesos comunicacionales, del crítico, ocupado más bien en
develar sus tramas político-económicas.
[vii] Las líneas maestras de esta concepción
fatalista fueron dadas por Theodor Adorno y Max Horkneimer en 1947; para ellos, la
industrialización de la cultura, su masificación, era sinónimo de degeneración y
debacle.
[viii] Aquí el término masa es
asumido cualitativamente para referir a un grupo de personas indiferenciadas, carentes de
conciencia propia e incapaces de cualquier función crítica.
[ix] Esta evolución en las investigaciones y
teorizaciones de la corriente empírica está bien reflejada en las conferencias de estos
y otros autores que compiló Schramm (1965).
[x] Cfr. Lull (1997:119).
[xi] Sobre esto puede consultarse el Cap. X del libro de Otero (1998:127-135).
[xii] Martín-Barbero, a este propósito, dice de
Gramsci: Si algo nos ha enseñado es a prestar atención a la trama: que no toda asunción de lo hegemónico por
lo subalterno es signo de sumisión como el mero rechazo no lo es de resistencia, y que no
todo lo que viene de arriba son valores de la clase dominante, pues hay cosas
que viniendo de allá responden a otras
lógicas que no son las de la dominación (1998:102-103).
[xiii] Heller explica que Para que los
miembros singulares de una sociedad puedan reproducir la propia sociedad, es preciso que
se reproduzcan a sí mismos en tanto que individuos. La vida cotidiana es el conjunto de
las actividades que caracterizan las reproducciones particulares creadoras de la
posibilidad global y permanente de la reproducción social. No hay sociedad que pueda
existir sin reproducción particular. Y no hay hombre particular que pueda existir sin si
propia autorreproducción. En toda sociedad, hay
pues, una vida cotidiana: sin ella no hay sociedad· (1998:9).
[xiv] Es una verdad indiscutible y
como tal ha sido, muchas veces, subrayada- que para Marx la revolución no se reducía al
problema de la toma del poder por el proletariado revolucionario. A sus ojos, este aspecto
de la cuestión lo que él mismo
llamada la abolición negativa de la propiedad privada- no era sino la condición previa
de otro proceso, al que caracteriza como la abolición
positiva de la propiedad privada, es decir, como la abolición de la alienación
(1998:8).
[xv] Foucault entiende por éstos las
combinaciones de formas de sujeción con esquemas de conocimiento, es decir, estrategias
de relaciones de fuerza que sustentan unos saberes y, a la vez, son sustentadas por ellos.
[xvi] Foucault tampoco trabajó específicamente
sobre esta materia, mas sus ideas son aplicables a ella.
[xvii] Michel Pêcheaux caracterizaba esta
separación como el narcisismo de la estructura y el narcisismo del
sujeto, respectivamente (Mattelart, 1989:95). Asimismo, sobre esta bifurcación de
las corrientes teóricas, véase el artículo de García Canclini (1984) que además se
refiere a los aportes de Bourdieu.
[xviii] Los habitus
son definidos como sistemas de disposiciones durables, estructuras estructuradas
predispuestas a funcionar como estructuras estructurantes, esto es, como principio
generador y estructurador de las prácticas y de las representaciones que pueden ser
objetivamente reguladas y regulares sin ser el producto de la
obediencia a reglas, objetivamente adaptadas a su fin sin suponer la intención consciente
de los fines y el dominio expreso de las operaciones necesarias para alcanzarlos y
colectivamente orquestadas, sin ser el producto de la acción organizadora de un
regente ( :61).
[xix] Estos esquemas son engendrados por las
condiciones sociales, más concretamente por las estructuras objetivas que se desprenden
de la base económica de la formación social.
[xx] Cfr. el Cap. III de O poder simbólico (1989), que se refiere a la génesis de este concepto
junto al de campo.
[xxi] Se trata de Culture and Society 1780-1950, editado en 1958 y
que es considerado por algunos autores como el texto fundacional de la corriente. Cfr. Barker y
Beezer (1994).
[xxii] Los Cultural
Studies aceptaron que los textos pueden ser, al mismo tiempo, portadores de significaciones pro y
contra-hegemónicas.
[xxiii] Cfr. Barker y Beezer (1994), Vassallo de
Lopes (1995) y Lull (1997).
[xxiv] Ésta consistió en el cuestionamiento de
los lugares del orden, los valores del poder y el lenguaje oficial. Se trataba
de desarticular lo dicho mediante la postulación de lo imposible.
[xxv] Esta óptica, aunque no en términos estrictos, puede ser circunscrita en el
radio de acción de los Cultural Studies, con
los que comparte algunos supuestos y propósitos.
[xxvi] La denominación de practicantes se desprende del hecho de que los
receptores ejecutan una serie de prácticas, de comportamientos frente a los
medios y sus contenidos como observar la TV sin pestañear, hojear el diario en un
orden determinado, etc.-, a los cuales se agregan ciertos usos.
[xxvii] Michel de Certeau asume que las tecnologías
son indisociables de la civilización contemporánea, pero es enfático al descartar la
idea de que la comunicación y su desarrollo puedan derivarse simplemente de la presencia y extensión de las mismas.
[xxviii] La apropiación
se puede entender como la Acción de utilizar uno algo para sus propios fines, a
veces en directa contradicción con la intención original de quien lo produjo
(Lull, 1997:229).
[xxix] Del griego poiesis: crear, creación.
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