
PCLA - Volume 4 - número
2: janeiro / fevereiro / março 2003
LA
DISCIPLINA COMUNICACIONAL A LA
CONQUISTA
DEL NUEVO SIGLO:
UN VISTAZO DESDE BOLIVIA
Erick
R. TORRICO Villanueva
Director académico de la
maestría en Comunicación y Desarrollo de la Universidad Andina Simón Bolívar
docente en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Mayor de
San Andrés, La Paz
Presidente de la Asociación Boliviana de Investigadores de la Comunicación,
Bolívia)
“Es
interesante que Habermas haya tenido el coraje de decir que la categoría
central
de una teoría social crítica hoy ya no es más la categoría
de trabajo
sino
la categoría de comunicación”.
Jesús Martín-Barbero (1995)
Si
se concuerda en que el hecho
comunicacional —esto es, el
proceso interpersonal de dotación de significados y construcción de sentidos
compartidos— es un fenómeno constitutivo de lo humano y de lo social no se
puede menos que admitir, de igual manera, que su estudio, en términos
disciplinarios, debe ocupar un lugar central en el campo general de las
Ciencias Sociales. A ello se suma, en los tiempos actuales, la creciente
importancia de los recursos tecnológicos que le son útiles en su aceleración
y amplificación.
Pero
aunque la sola mención de lo anterior tendría
que resultar suficiente para aceptar, finalmente y por mera lógica, que la
Comunicación deviene una ciencia, lo cierto es que esta cuestión es mucho más
complicada y obliga a efectuar una reflexión más detenida.
Conviene
recordar que pese a los esfuerzos que se suele hacer para hallar unas raíces
greco-romanas de los estudios sobre la Comunicación —en particular en
algunos textos clásicos relativos a la retórica—, la verdadera preocupación
para su examen sistemático empezó hacia finales de la década de 1920, con
los trabajos del politólogo estadounidense Harold Lasswell acerca de la
propaganda política y sus efectos.
Esto
quiere decir, claramente, dos cosas: primera, que la Comunicación como ámbito
de interés científico es el último en configurarse en el conjunto para
entonces ya tradicional de las Ciencias Sociales y, segunda, que surge como un
“desprendimiento” de las búsquedas previamente realizadas en otras áreas
de la realidad societal.
Así,
mientras para comienzos del siglo veinte disciplinas como la Sociología, la
Política, la Psicología y la Antropología ya habían dado grandes pasos en
la delimitación de sus zonas de observación, sus conceptos y los modos de
abordaje de sus objetos, la Comunicación solamente aparecía como una recién
llegada carente de identidad definida, rasgos que continúan caracterizándola
hasta la fecha sin que además sea posible vislumbrar que el problema de su
territorialidad diferenciadora —porque el de su emergencia tardía en el
tiempo no es obviamente solucionable— encuentre superación efectiva algún
día.
El “origen exógeno” de la disciplina comunicacional[1] es, pues, un componente de su propia naturaleza, y lo que corresponde es asumir que ahí radican su potencialidad y su porvenir.
A
lo dicho, que hace pensar en que la Comunicación sólo podría ser una
especie de “disciplina dependiente” o subdisciplina, se agrega la pregunta
referida a su objeto de estudio.
Como
es sabido, en sus inicios, dado que todos los estudios giraron siempre en
torno a los medios masivos y los efectos de sus mensajes en las audiencias, se
consideró sin ninguna opción de contestación que dichas herramientas tecnológicas
constituían tal objeto de modo casi “natural”. Esta posición empalmó
perfectamente con la llamada “Teoría Matemática de la Comunicación”
(1948-49), formulada por el ingeniero Claude Shannon y complementada por el
sociólogo Warren Weaver para dar cuenta de las condiciones de eficiencia de
una transmisión de datos mediante canales técnicos.
También
en esos años, los críticos de la Escuela de Frankfurt, en particular Theodor
Adorno y Max Horkheimer, aportaron desde una perspectiva anticapitalista a la
enfatización del interés por los mass-media.
Su examen del papel de la que denominaron “industria cultural” en
la enajenación de las masas y la cosificación de los individuos fue, a la
vez, un refuerzo del enfoque centrado en los medios.
Tendrían
que pasar varios años hasta que el venezolano Antonio Pasquali sometiera a
cuestionamiento tanto la concepción unilateral del proceso comunicacional que
privilegiaba no sólo al medio sino también al emisor como, un poco más
tarde, el hecho de que esa interpretación implicaba la negación de la
comunicación como fenómeno humano así como suponía su consiguiente reducción
a un subproducto de las tecnologías mediadoras[2].
No
obstante, la visión predominante fundada en los supuestos de las teorías
funcionalistas estadounidenses continuó afirmando que era dable hablar de una
“Ciencia de la Comunicación”. Eso es, por ejemplo, lo que se halla en la
propuesta de Wilbur Schramm, considerado el primer experto o comunicólogo del
mundo[3],
pero es, al mismo tiempo, uno de los ejes neurálgicos de la discusión
epistemológica en la especialidad comunicacional.
Durante
los primeros años del decenio de 1970, bajo la influencia de la perspectiva
semiológica, la intención de lograr una “ciencia general de la Comunicación”
recibió nuevos estímulos, ya que se sugirió la posibilidad de que “los
procesos mismos de la personalidad, la sociedad y la cultura” podían ser
“vistos como procesos de comunicación”[4].
El objeto, entonces, se desplazó de los medios a los mensajes y, más específicamente,
al lenguaje, “el único tipo de conducta social cuya función primaria es la
comunicación”[5].
Fue
tiempo después que el debate teórico alcanzó otros niveles; cabe, al
respecto, citar cuatro hitos clave:
1)
En 1973 el Centro Internacional de Estudios Superiores de Periodismo para
América Latina, CIESPAL, organizó en la capital costarricense un seminario
sobre “Investigación de la Comunicación en América Latina” que puso en
tela de juicio los enfoques teóricos y metodológicos elaborados en los
“centros metropolitanos”, trazó un derrotero investigativo inspirado en
el pensamiento frankfurtiano y la Teoría de la Dependencia y llamó la atención
acerca de la “necesidad de una acción interdisciplinaria para que haya una
clara visión de la realidad imperante y un conocimiento mucho más rico y
profundo de la sociedad en la que ocurre el fenómeno de la comunicación”[6].
2)
En 1976 el boliviano Luis Ramiro Beltrán, después de denunciar en 1970
la situación de incomunicación de Latinoamérica al igual que, cuatro años
más tarde[7],
el hecho de que en la región se investigaba la Comunicación “con
anteojeras”, publicó su fundamental estudio “Premisas,
objetos y métodos foráneos en la investigación sobre comunicación en América
Latina”[8],
que demostraba con rigor y detalle la hipótesis de que “la investigación
sobre comunicación en Latinoamérica ha estado, y todavía lo está,
considerablemente dominada por modelos conceptuales foráneos, procedentes más
que todo de Estados Unidos de América”[9], aparte de que resaltaba
con optimismo que “al fin, algunos estudiosos de la comunicación en
Latinoamérica están dando señales de ser capaces de pensar por sí mismos y
de enmarcar su trabajo en los términos de las propias realidades”[10].
3)
Ese mismo año (1976) una reunión de ministros de Información del
Movimiento de Países No Alineados celebrada en Túnez hizo pública la
demanda por un Nuevo Orden Internacional
de la Información[11], orientado a
equilibrar la participación de los pueblos en los flujos internacionales de
noticias y que en 1980 fue oficialmente asumido por la Organización de las
Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura bajo el
denominativo de Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación[12],
planteamiento definido entonces como un “proceso gradual” que, sin
embargo, dio lugar a abiertas presiones y resistencias de las potencias
capitalistas y las corporaciones transnacionales que, para 1987 y desde
entonces, lograron retirar el tema de la agenda de discusión y acción de ese
organismo multilateral.
4)
En 1978, en el Encuentro Latinoamericano de Escuelas de Comunicación
celebrado en Xochimilco, México, el comunicólogo español-colombiano Jesús
Martín-Barbero tornó la crítica en autocrítica: planteó dejar de ver la
comunicación como proceso de dominación para más bien mirar la dominación
como proceso de comunicación, con lo que abrió el horizonte para percibir
las “complicidades” existentes entre emisor y receptor. La pregunta-guía
del nuevo programa investigativo que proponía fue, entonces, “¿Qué en el
dominado trabaja a favor de la dominación?”[13].
Lo que se tuvo como consecuencia de todo ello fue un movimiento que, en particular desde Latinoamérica, condujo a resituar el objeto de la Comunicación no sólo más allá de los medios, en el escenario más amplio de la sociedad y la cultura, sino igualmente bajo el marco de una lógica interpretativa que reconoce tanto las dinámicas de poder y conflicto como las diferencias entre culturas, la función mediadora de éstas y las capacidades de los receptores para reinterpretar activa y subjetivamente lo que les viene de los medios[14]. La interdisciplinariedad, en ese contexto, resulta una condición sine qua non para el estudio y la conceptualización de los fenómenos comunicacionales, casi tanto como el recurso complementario a metodologías cuali-cuantitativas[15].
Si
el objeto de estudio de la Comunicación —el proceso social de producción,
circulación mediada, intercambio desigual, intelección y uso de
significaciones y sentidos culturalmente determinados— es algo de naturaleza
socialmente estructural y, por tanto, inseparable de las otras dimensiones
analíticas de la vida social, no es posible definir a la Comunicación como
una ciencia en el sentido convencional ni focalizar sus exámenes en alguno de
los componentes o momentos de tal proceso. Por tanto, es claro que tampoco
existe viabilidad para una única y universal teoría sobre el fenómeno, pues
cualquier formalismo desarrollado en esa dirección pecará siempre de
desconocimiento de las variables sociales, culturales e históricas de cada
realidad particular y, por ende, de una evidente falta de pertinencia para
atribuirse plena cientificidad.
La
Comunicación, consiguientemente, es un campo del conocimiento social que
adquiere su peculiaridad y autonomía a partir de la convergencia
interdisciplinaria en el estudio de un tipo especial de relación social —el
de la producción e interacción simbólicas— y de las disputas por el
“sentido válido” que esa relación genera.
Es un campo en la acepción de Bourdieu, es decir, de un espacio estructurado de posiciones en que un conjunto de fuerzas (agentes e instituciones) pugnan, estrategias mediante, por el control del capital específico que allí está en juego[16], y su carácter autónomo resulta de su condición de creadora de sinergias entre disciplinas varias sugerida por Bernard Miege[17].
La
Comunicación vista como disciplina estuvo siempre condicionada por los
procesos históricos dentro de los que se fue configurando su campo particular
y, de igual modo, por las
distintas corrientes de pensamiento y las matrices teóricas que fueron acompañando
tales desarrollos.
Sus
principios fueron marcados por la naturaleza de la sociedad en que ella emergió,
la estadounidense, caracterizada como una “sociedad próspera” donde “la
individualidad predominaba sobre el colectivismo, la competencia era más
determinante que la cooperación, y la eficiencia económica y la sabiduría
tecnológica tenían más importancia que el desenvolvimiento cultural, la
justicia social y la expansión espiritual” (Beltrán, 1976:103), rasgos que
orientaron el estudio y la práctica de la Comunicación desde una óptica que
integraba en la lógica del libre mercado la economía, la política y la
cultura.
La
Teoría de la Modernización, que buscaba inscribir las trayectorias de los
pueblos del Sur en la presunta linealidad evolutiva de la llamada
“civilización occidental” por la vía de la adopción de valores,
instituciones, bienes y productos culturales del Norte capitalista, indujo una
simple traslación de ese perfil en los conceptos, la investigación y la práctica
de la Comunicación asentando sus argumentos en los presupuestos de la difusión
de innovaciones.
Sin
embargo, ese modelo afín al “establishment” sustentado por las políticas
estadounidenses fue paulatinamente puesto en cuestión por la Sociología, la
Política y la Economía que, en el caso latinoamericano, adquirieron un carácter
más o menos contestatario, desde la moderación industrializadora que emanaba
del cepalismo[18]
hasta las posiciones más radicales del dependentismo[19].
La
Comunicación también fue impactada por esa atmósfera intelectual crítica,
lo que dio lugar al período de denuncia respecto de las estructuras de
control de los medios masivos como de su papel reproductor de la ideología
dominante, al igual que al de la búsqueda y construcción de alternativas
comunicacionales de índole popular-proletaria. En ese marco, y bajo regímenes
predominantemente dictatoriales, se llevó adelante el debate sobre la nunca
conseguida implantación de Políticas Nacionales de Comunicación para el
desarrollo[20]
y acerca de la acción de los media
en la redemocratización de las sociedades.
Tras
una serie de acontecimientos —como la derrota de la guerrilla de Ernesto
Guevara en Bolivia, el derrocamiento del gobierno de Salvador Allende en Chile
o la sangrienta represión de la izquierda en Argentina, Chile y Uruguay—,
sobrevino una etapa condicionada que se caracterizó por la liberalización de
la política (con la nueva emergencia de la democracia electoral) y de la
economía (con la aplicación de los Programas de Ajuste Estructural diseñados
por el Fondo Monetario Internacional). De la fusión de ambos elementos
insurgieron las denominadas “democracias de mercado” que se impusieron
como la fórmula común no solamente en Latinoamérica, sino asimismo en la
Europa del Este —luego de la erosión y caída del “socialismo real”—,
en regiones del Asia y en África.
Con
ello, que supuso la entrada en crisis de todos los partidos, sindicatos e
intelectuales de izquierda, los movimientos y experiencias de lo alternativo y
popular en Comunicación fueron severamente afectados.
Pronto
se sumó la aparición triunfalista del discurso de los neo-integrados y tecnófilos
respecto de que, terminada la confrontación capitalismo/socialismo con la
victoria del primer modelo y desbloqueadas las compuertas para el comercio
global, el desarrollo de las tecnologías telemáticas multimedia iba a
resolver todos los problemas pendientes del mundo. Así, la llegada de la
posmodernidad tecno-céntrica estaría conduciendo a la configuración de una
sociedad global —la “sociedad de la información” o “sociedad del
conocimiento”—, posibilitadora del disfrute individual equilibrado y
fundada en la inexistencia de contradicciones[21].
En otras palabras, la finalización del llamado “corto siglo veinte” en
poco más de sesenta años, según esta perspectiva tecno-optimista, ya habría
hecho realidad la utopía del comunitarismo global mediatizado que una vez
produjo la imaginación de Marshall McLuhan.
El lapso actual de transición intersecular está entonces atravesado, en lo que aquí concierne, por una disputa intelectual-teórica entre quienes defienden la globalización como momento de culminación del proceso civilizatorio y aquellos que, al contrario, denuncian la agudización de las desigualdades socioeconómicas, la intensificación de la exclusión tecno-industrial y los intentos de imposición de un “pensamiento único”[22]. No obstante, tales bloques opuestos coinciden en el reconocimiento de que la Comunicación y sus tecnologías ocupan un sitial central en la conformación y porvenir de la sociedad contemporánea.
Si
tales son los rumbos registrados en el nivel de la comprensión abstracta de
lo comunicacional, las estructuras institucionales constituidas para preparar
al personal que ejecuta profesionalmente los procesos de comunicación han
sido también articuladas y funcionado en estrecha relación con esas dinámicas
teóricas.
A
mediados del decenio de 1930 la formación empezó dirigida al periodismo y,
por tanto, a los medios masivos y la información. Sólo en la década de 1960
se produjo una reorientación hacia la Comunicación, aunque siguió
prevaleciendo la concepción unilineal y tecnicista de esa comunicación, es
decir, que no se aceptó la bilateralidad del proceso ni se abandonó el
espacio de los media, sino que apenas —en la gran mayoría de los casos— se
extendió el radio de actuación a otros ámbitos como la publicidad, las
relaciones públicas, las telecomunicaciones o el mercadeo social.
La
consolidación de las carreras universitarias en el plano internacional siguió
tres grandes rutas: la de las especificidades profesionales (preparación de
periodistas, guionistas o cineastas, por ejemplo), la de las generalidades (preparación
introductoria en diversas disciplinas y destrezas) y la de las generalidades
con énfasis terminales (orientación de las generalidades hacia una mención
particular). En América Latina existen alrededor de 350 escuelas de
Comunicación[23],
con una fuerte concentración numérica
en México y Brasil; la mayoría de ellas, de todas maneras, se distingue por
su orientación profesionalizante alejada de las preocupaciones estrictamente
académicas y de producción intelectual.
En
lo que respecta a los programas de posgrado la región cuenta con
aproximadamente medio centenar de
cursos, de los que solamente ocho (seis en Brasil, uno en Chile y otro en
Argentina) corresponden al nivel de doctorado; todos los demás son maestrías
o a veces diplomas, postítulos o especializaciones. También en este ámbito
predominan las tendencias profesionalizantes pragmáticas, no pocos de los
cursos deben ocuparse de corregir las insuficiencias que los titulados
arrastran desde el pregrado y son contados aquellos que fomentan la
investigación científica y la cualificación de las nuevas generaciones de
profesores y estudiosos de la Comunicación[24].
Pese a eso es evidente que desde mediados de la década de 1980 la producción bibliográfica latinoamericana se ha multiplicado notoriamente y se ha potenciado y elevado su calidad con el impulso de las actividades organizadas tanto por la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Facultades de Comunicación Social, FELAFACS, como por la Asociación Latinoamericana de Investigadores de la Comunicación, ALAIC. Las discusiones en materia epistemológica, así como las nuevas búsquedas teóricas y metodológicas y los cada vez más frecuentes estudios que relacionan lo local con lo global y la recepción y el consumo mass-mediáticos con la cultura, se han convertido en la fuente principal de alimentación de esa labor intelectual que, además, registra una clara mejoría en su rigor conceptual y metódico-técnico.
La
actividad académica especializada en Comunicación comenzó en Bolivia en
1969, con la creación ese año, por la Universidad Católica en La Paz, del
Instituto Superior de la Opinión Pública, que para 1971 se convirtió en
carrera de Periodismo y poco después en otra de Ciencias de la Comunicación.
Recién en 1984 empezó la expansión de las carreras. Actualmente existen
diecisiete distribuidas entre La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Oruro, Sucre,
Tarija y Siglo XX, trece son licenciaturas en Comunicación en general, una en
Periodismo, otra en Comunicación Audiovisual y otra en Publicidad. El número
total de titulados bordea ya el millar, el de egresados supera los 2.500 y hay
actualmente poco más de 5.500 estudiantes en el área.
La
ambigua definición de los objetivos formativos de las distintas carreras, el
perfil generalista de casi todas ellas, sus carencias en materia de
equipamiento técnico, actualización bibliográfico-documental y cualificación
docente, su marcado desinterés por el campo de la investigación[25]
y su relación más bien intuitiva con las necesidades regionales y las
demandas del mercado laboral aparecen como las dificultades principales que se
tendrá que superar en el mediano plazo.
En
lo que va de los treinta y dos años de funcionamiento de las carreras no ha
sido posible constituir una comunidad investigadora estable, así sea mínima,
que genere regularmente ideas, debates y productos intelectuales y que vincule
a Bolivia con el contexto académico latinoamericano y mundial.
Es
muy poco lo que hasta ahora han hecho las universidades en pro de formar una
“masa gris” de la Comunicación en Bolivia, dotada de dominio teórico y
saber metodológico que la capaciten para producir conocimiento propio, sistemático,
válido y útil[26].
La deliberación teórica es prácticamente nula en el país e inclusive la
enseñanza-aprendizaje de las propuestas conceptuales —clásicas o contemporáneas—
deja mucho que desear por sus insuficiencias e imprecisiones;
lo propio suele ocurrir con la preparación de los estudiantes en las múltiples
destrezas profesionales que son requerimiento de la visión generalizante.
Dado
que la investigación científica en el país es más bien incipiente,
igualmente lo es aquélla referida a la realidad social[27],
contexto en el que los estudios vinculados al campo comunicacional son de los
menos desarrollados. Así por ejemplo, mientras la Sociología, la Politología,
la Antropología o la Economía sobre todo aportaron, cada cual dentro de sus
posibilidades, una serie de reflexiones consistentes en diálogo con las
corrientes teóricas y temáticas debatidas a escala internacional, la
Comunicación como disciplina quedó bastante rezagada y separada de los
procesos históricos de su entorno inmediato.
De
todos modos, es posible mirar hacia delante con optimismo moderado, pues ya
están siendo echadas algunas bases en esa dirección.
Varios
esfuerzos sobre el particular, no siempre conjuntos, pueden ser al menos
interpretados en términos integrales; entre ellos se destacan los siguientes:
-
la publicación de revistas de aparición no periódica por la
Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra (UPSA), la Universidad Católica
de Cochabamba y, en La Paz, por el Centro de Noticias e Investigaciones y el
Centro Interdisciplinario Boliviano de Estudios de la Comunicación, CIBEC;
-
la puesta en marcha del CIBEC, que desde 1996 ha publicado siete volúmenes
de sus Textos de Divulgación, más de una docena de Hojas Informativas, un
dossier temático, un libro sobre la Ley de Imprenta y otro, con apoyo del
Programa de Investigación Estratégica en Bolivia, acerca de las Industrias
Culturales en la ciudad de La Paz; pero que además ha efectuado varios
estudios de corto alcance y participado en tres investigaciones
internacionales: la imagen del Mercado Común del Sur en la prensa, la
historia de la televisión latinoamericana y la imagen del carnaval brasileño
en la prensa;
-
la inauguración de los cursos de posgrado, también en 1996, por la
Universidad Andina Simón Bolívar (UASB) en La Paz, con tres programas de
diploma superior y dos de maestría realizados hasta ahora[28];
-
la organización de ya varios encuentros nacionales de estudiantes de
Comunicación;
-
la organización de experiencias de intercambio estudiantil en materias
del área de investigación, a iniciativa de las universidades católicas de
La Paz y Cochabamba;
-
la organización por la UASB, la Universidad Católica de Cochabamba y el
CIBEC del I Encuentro Nacional y el I Seminario Latinoamericano sobre
Investigación de la Comunicación, que se efectuaron en noviembre de 1999 en
Cochabamba con la asistencia de 14 expositores extranjeros y más de 1.200
participantes nacionales y de países vecinos;
-
la fundación en 1999 de la Asociación Boliviana de Carreras de
Comunicación Social que por fin posibilita la participación orgánica del país
en el seno de la FELAFACS,
-
y la reconstitución, en 1999, de la Asociación Boliviana de
Investigadores de la Comunicación, ABOIC[29],
hecho que está permitiendo programar la realización de Encuentros Nacionales
de Investigadores para cada año[30]
así como haber podido lograr que Bolivia sea la sede del VI Congreso
Latinoamericano de Investigadores de la Comunicación el próximo año 2002.
Otros
espacios de posgrado son, asimismo, parte del cuadro esperanzador que se ha
venido construyendo frente a la inercia esencial de las carreras: la maestría
en Comunicación con mención en Estudios Políticos que ofrecieron la
Universidad Mayor de San Simón, de Cochabamba, en coordinación con
el Centro Boliviano de Estudios Multidisciplinarios (una organización
no gubernamental paceña dedicada a la investigación social)[31]
y la maestría en Comunicación Organizacional de la UPSA creada en abril de
2000.
Lo que resta, como es obvio, es constatar los resultados concretos de todos esos esfuerzos en el logro del propósito antes mencionado de formar un grupo calificado de cuadros académicos que apuntalen los estudios comunicacionales en el país haciendo posible no sólo su reconocimiento pleno en el marco nacional de las Ciencias Sociales y en la comunidad académica latinoamericana de la Comunicación, sino además su aceptación y uso como insumo práctico para la intervención.
La
Comunicación, como lugar disciplinario de convergencias y con su indiscutible
centralidad operativa en la reconformación global de la sociedad, al propio
tiempo que con su carácter de privilegiado objeto de estudio, reune sin duda
las condiciones necesarias para proyectarse como un campo científico clave en
el siglo veintiuno.
Sin
embargo, se hace cada vez más urgente que los estudiosos de este sector se
doten de las herramientas críticas para evitar ser víctimas ingenuas de la
obnubilación tecnológica que se desplaza, como sostiene el belga Armand
Mattelart, sobre una “desregulación conceptual” y “fragilización teórica”
afines a la desterritorialización geográfico-cultural que alientan las redes
corporativas[32].
Y
es ese, precisamente, el camino de reencuentro con la tradición
latinoamericana que hace algo más de cuarto de siglo forjó una opción
propia para pensar y hacer la Comunicación
Por
ello, cuando Jesús Martín-Barbero recuerda que es el ámbito de lo cotidiano
donde el ser humano se constituye como sujeto social, en el nivel de las
“relaciones sociales cortas”, empalma su propuesta con la convocatoria del
alemán Jürgen Habermas para reconfigurar la comunidad desde la racionalidad
de la acción comunicativa, esa por la cual los agentes sociales no se
orientan por finalidades egoístas sino que lo hacen por su sentida necesidad
de entendimiento.
De
ahí que la Comunicación, con todo el futuro que se le abre, puede ser también
el umbral desde el que se rearticule una crítica profundamente humana y
humanizadora y no apenas un engranaje de la anaquelería tecnologista.
[1] Las disciplinas de formación de quienes están considerados sus “padres fundadores” , aparte del ya citado Lasswell (la Política), así lo prueban: la Sociología (Paul Lazarsfeld) y la Psicología (Kurt Lewin y Carl Hovland).
[2] Cfr. de este autor los libros Comunicación y cultura de masas (1963) y Comprender la comunicación (1970) que, respectivamente, tratan esos temas.
[3] Se puede consultar al respecto la clásica compilación editada por éste intitulada La ciencia de la comunicación humana, publicada originalmente en inglés en 1963,
[4] VERÓN, Eliseo y Otros (1971): Lenguaje y comunicación social. Edic. Nueva Visión. Buenos Aires. pp. 26-27.
[5] Ibídem, p. 11.
[6] CIESPAL (1977): Seminario sobre “La investigación de la Comunicación en América Latina”. Informe final. Quito.
[7] También fue en 1974 que Beltrán hizo su mundialmente reconocida propuesta relativa a las Políticas Nacionales de Comunicación.
[8] Este trabajo está en el libro editado por Miquel de Moragas Sociología de la comunicación de masas. Edit. G. Gili, S.A. Barcelona. 1982. 2ª edic. pp. 94-119.
[9] Ob. cit. p. 97.
[10] Ibídem, p. 118.
[11] En 1981, en el propio seno de los No Alineados, esta demanda fue rebautizada como Nuevo Orden Internacional de la Información y la Comunicación.
[12] El informe aprobado sobre el particular, con el rechazo central de los Estados Unidos de Norteamérica e Inglaterra, fue publicado bajo el título de Un solo mundo, voces múltiples – Comunicación e Información en nuestro tiempo (Fondo de Cultura Económica. México. 1981). En él se incluye un diagnóstico sobre los desequilibrios internacionales en el área y una serie de recomendaciones para la democratización de las comunicaciones.
[13] Cfr. de este autor “Recepción de medios y consumo cultural: Travesías”, en la compilación de Guillermo Sunkel El Consumo Cultural en América Latina. Convenio Andrés Bello. Santafé de Bogotá. 1999. pp. 2-25.
[14] La obra medular de Martín-Barbero, De los medios a las mediaciones (Edit. Gustavo Gili, Barcelona, 1987) constituye la síntesis culminante de la trayectoria de dicho movimiento.
[15] Los citados son algunos de los rasgos principales de lo que el brasileño José Marques de Melo considera la Escuela Latinoamericana de la Comunicación.
[16] Cfr. BOURDIEU, Pierre (1990): Sociología y cultura. Edit. Grijalbo, S.A. México, especialmente el acápite “Algunas propiedades de los campos”, pp. 135-141.
[17] Véase el libro de este autor El pensamiento comunicacional. Universidad Iberoamericana. México. 1996.
[18] Éste se refiere a los planteamientos efectuados por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), atribibles especialmente al economista argentino Raúl Prebisch, que hablaban de una relación asimétrica entre naciones productoras de materias primas (periferia) y naciones industrializadas (centro) y que sugerían para las primeras una estrategia de industrialización que sustituyera sus importaciones.
[19] En su ala marxista, la Teoría de la Dependencia —representada por ejemplo por los trabajos de André Gunder Frank y Ruy Mauro Marini— apuntalaba una estrategia revolucionaria orientada a terminar con el Estado burgués considerado responsable de la “situación de dependencia” de la región y de la consiguiente desigual del poder y la riqueza.
[20] Hay que recordar que fue Luis Ramiro Beltrán quien hizo un gran aporte a la multidimensionalización del viejo concepto economicista de desarrollo, abriendo esa acepción a las variables socioculturales. Así lo reconoce el Dr. Everett Rogers, uno de los propulsores iniciales de la difusionista “Comunicación para el Desarrollo” que, más tarde, modificó el alcance de sus propuestas. Cfr. “The History of Development Communication”, en CommDev News. Semi-annual Newsletter of Ohio University’s Communication and Development Studies Program. Volume 5, n° 1. Winter 1994
[21] Es interesante ver a este respecto, al margen de los ampliamente comentados criterios de Francis Fukuyama o Jean-François Lyotard, la confianza en la expansión comunicacional “democratizadora” expresada por Gianni Vattimo en su libro La sociedad transparente (Edic. Paidós. Barcelona. 1990) o la ingenua ambigüedad de Peter Drucker sobre que la “sociedad del conocimiento” no es capitalista sino “postcapitalista” (Cfr. de este autor La sociedad postcapitalista. Edit. Norma. México. 1994).
[22] Ignacio Ramonet define este “pensamiento” como “La traducción a términos ideológicos de pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en especial, las del capital internacional”. Cfr. CHOMSKY, Noam y RAMONET, Ignacio (1996): Cómo nos venden la moto. Icaria Edit. Barcelona. 4ª edic. p. 58.
[23] El 60% de ellas, estimativamente, son de carácter privado.
[24] Una evaluación de todos estos aspectos basada en interesante información empírica es la que ofrece Joaquín Sánchez en su ponencia sobre “La investigación en las escuelas de comunicación de América Latina”. Cfr. el documento Cultura y comunicación social: América Latina y Europa Ibérica, publicado en 1994 por la Universidad Autónoma de Barcelona. pp. 51-66.
[25] A excepción de dos intentos que hizo la Universidad Católica de La Paz —con el Servicio de Información y Documentación en Comunicación, a principios de la década de 1980, y con el Centro de Investigación y Documentación en Comunicación, casi diez años después—, pero que lamentablemente fueron interrumpidos, ninguna de las demás carreras se preocupó por establecer algún espacio para fomentar la investigación especializada.
[26] El principal producto intelectual en el campo comunicacional lo representan hasta hoy las tesis hechas para obtener el grado de licenciatura. Sin embargo, todavía un altísimo porcentaje de las mismas no cumple con las normas indispensables de cientificidad por lo cual no constituyen fuentes confiables de conocimiento.
[27] Se puede consultar a este respecto los datos contenidos en el Informe Preliminar del “Estudio de Caso. Análisis comparativo sobre políticas de cooperación para la investigación en Bolivia” (Brasilia, Marzo 2000) elaborado en el marco de las actividades del Programa de Investigación Estratégica en Bolivia.
[28] Un dato relevante en relación con estos programas es que se han convertido en un importante nexo de los profesores y estudiantes bolivianos con especialistas extranjeros del más alto nivel; en los últimos cuatro años, en el marco de estos cursos, estuvieron como profesores visitantes más de 30 comunicólogos de Argentina, Brasil, Colombia, Ecuador, España, México, Perú, Uruguay y Venezuela, un verdadero récord para la historia académica de la Comunicación en Bolivia.
[29] Para más información se puede visitar el sitio www.aboic.net
[30] El II Encuentro se efectuó en La Paz en noviembre de 2000 y el III tendrá lugar en Santa Cruz en junio del 2002 como actividad previa al VI congreso de la ALAIC..
[31] El año 2000 esta organización convocó a un curso de maestría en Relaciones Internacionales y Comunicación y ahora está preparando otro en Comunicación y Marketing Electoral.
[32] Cfr. la ponencia de este autor”Vinte anos de pesquisa ou das certezas para ambivalencia”, en VASSALLO DE LOPES, Maria Immacolata (Org., 1999): Vinte anos de Ciencias da Comunicaçao no Brasil. INTERCOM. Sao Paulo. Pp. 15-30.