"Las PNC son hoy - en el mundo globalizado e internetizado - más necesarias que nunca"
Luiz Ramiro Beltrán a Luiz Alberto Malta
de Barros (28 de agosto de 1999)
Las Políticas Nacionales de Comunicación (PNC): el protagonismo del Estado Las PNC, hoy, en América Latina MCBRIDE y los gobiernos nacionales Luiz Alberto Malta de Barros Cuales fueron las corrientes teoricas que más influyeron en Usted al inicio de su trabajo (sobre Politicas Nacionales de Comunicación?) Luiz Ramiro Beltrán Desde 1954 hasta 1964 trabajé en varios de los países de América Latina en lo que sólo algunos años después llegaría a conocerse por "comunicación para el desarrollo". Lo hice en un sentido eminentemente práctico concentrado en destrezas de producción de mensajes para aumentar y mejorar la producción agropecuaria, base entonces de la economía de la mayoría de los países de esta región del mundo "subdesarrollado". Fui primero productor de mensajes educativos y luego capacitador de comunicadores, a la vez que asesor de instituciones comprometidas con el desarrollo rural que deseaban mejorar su comunicación con los campesinos. Hice todo eso como artista y por intuición, con fe y entusiasmo pero sin ciencia ni conciencia y huérfano de actitud y aptitud críticas. Aunque la práctica de la comunicación para el desarrollo había comenzado en la región ya a fines de la década anterior, no había aún detrás de ella teoría académica alguna; había únicamente algunas bases foráneas de preceptiva procedimental. Los primeros que cultivábamos esa nueva disciplina lo hacíamos sólo como técnicos sin valernos de la investigación ni percatarnos debidamente de la realidad social, cultural, económica y política del contexto en que trabajábamos. Entre 1965 y 1970 tuve la fortuna de hacer estudios de postgrado en comunicación y sociología en la Universidad del Estado de Michigan, una de las primeras y escasas que prestaba atención a la comunicación para el desarrollo y que, como tal, atraía a estudiantes de países del "Tercer Mundo". Allá fue donde me encontré con las bases de la teorización sobre comunicación para el desarrollo. En la naciente literatura que hallé sobre ello había, en medio de algunos entusiastas adeptos, tres pilares de reflexión. Uno era un sociólogo del Massachussetts Institute of Technology, Daniel Lerner, quien había propuesto ya en 1958 un modelo de modernización de naciones considerablemente sustentado por factores de comunicación. Otro era el periodista y comunicólogo de la Universidad de Stanford Wilbur Schramm, autor en 1964 del primer tratado escrito en el mundo sobre la especialidad y sumo sacerdote de ella. Y el tercero era el sociólogo rural Everett Rogers, autor en 1962 de la teoría de la difusión de innovaciones, quien, a la sazón, daba cátedra y hacía investigación en la propia Universidad del Estado de Michigan, en East Lansing. Me impresionaron mucho las reflexiones de ellos y de otros catedráticos e investigadores dedicados al tema, como Ithiel de Sola Pool, Lucien Pye, Frederick Frey y John McNelly. Tuve el placer de conocer a todos ellos. Y gocé del privilegio de contar con el doctor Rogers como profesor guía de mi tesis para el grado de maestría, que fue una síntesis analítica y articulatoria de aquellas concepciones, seguida de una propuesta. Su título vendría a ser en español: Comunicación y Modernización: Significación, Papeles y Estrategias (1968). En la revisión de literatura que hice para escribir esa tesis no encontré ninguna proposición teórica formal y desarrollada ni en general sobre planeamiento de la comunicación ni, menos, en particular sobre instrumentos de éste, como políticas o estrategias. Encontré apenas unos pocos enunciados breves sobre el asunto pero, puesto que provenían de los dos principales teóricos de la comunicación para el desarrollo, Schramm y Lerner, resultaron muy apreciados por mí como estímulo de reflexión sobre la materia. Estos eran los enunciados que ellos hicieron en 1967:
Evidentemente, Schramm y Lerner consideraban indispensable una estrategia o política de comunicación para el desarrollo nacional y advertían que ésta debía servir a las políticas o estrategias que se formularan para alcanzar ese desarrollo. O, dicho de otra manera, pensaban que toda estrategia de desarrollo debiera contar con una estrategia de comunicación que le fuera instrumental. Yo me identifiqué plenamente con esta convicción, deplorando solamente que no incluyera definiciones de los conceptos de política y estrategia. Por eso, nada más que para fines de mi ya indicada tesis, que concluía con un capítulo propositivo sobre la materia, formulé esta definición parcial y elemental:
No intenté entonces una definición separada del concepto política de comunicación probablemente porque, a semejanza de mis fuentes de reflexión inicial sobre la materia, no percibía aún la necesidad de diferenciar política de estrategia, presumiblemente por suponerlas homónimas. Eso fue, pues, todo al principio, a la altura de 1968. No recibí entonces, que yo recuerde, influencias de otros ni conocí de mayor desenvolvimiento teórico sobre este tema específico por parte de Schramm, Lerner o Rogers. Y tampoco amplié ni profundicé yo mi reflexión sobre ello en aquel momento de mi labor académica. Esto ocurrió, en parte, porque a esa altura de mis estudios comencé a concentrar mi atención sobre la realidad latinoamericana para sustentar mi tesis doctoral. Iría a tener el alto honor de escribirla bajo la guía del director del Departamento de Comunicación de la Universidad del Estado de Michigan, el ilustre pensador, maestro e investigador David K. Berlo. En 1969 participé de la Undécima Conferencia Mundial de la Sociedad para el Desarrollo Internacional realizada en New Delhi, India. Presenté allá una revista de la situación de la "comunicación para la modernización" en Latinoamérica, un resumen en cierto grado anticipatorio de la tesis para el doctorado. Conocí en tal ocasión a dos colegas europeos con los que hallé mucha identificación por similitud de inquietudes. Uno era el irlandés Erskine Childers, fundador en el Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas de una sección de comunicación para el desarrollo. El otro era el inglés John Willings, coordinador de investigación y planeamiento en el Sector de Comunicación de la central de la Unesco en París. Ambos eran, como yo, creyentes en la crucial importancia de la planificación de la comunicación, especialmente para los fines del desarrollo nacional. De este encuentro, rico en intercambio de ideas y tipificado por concordancia de apreciaciones y anhelos, se derivaron para mí, junto con la amistad, una estrecha vinculación con la Unesco y un contacto relativamente frecuente con el PNUD. En 1970 la Conferencia General de la Unesco encomendó al Director General de ella la responsabilidad de ayudar a los Estados Miembros de ese organismo a formular "políticas nacionales de comunicación", como ya lo había hecho para fines de educación. Un año después John Willings organizó en la sede parisina de la entidad la primera reunión de un Panel Internacional de Expertos en Investigación de Comunicación que produciría una propuesta a la Unesco de un programa para actividades de fomento a dicha investigación. Como uno de los diez miembros de este grupo de consulta, aporté al debate propuestas esquemáticas de conceptualización de la política de comunicación para el desarrollo, pero no hubo oportunidad para discusión detenida de este tema. Sin embargo, se manifestó unánimemente la convicción de que la investigación científica tenía que ser "una herramienta fundamental en el establecimiento de políticas y estrategias de comunicación nacionales e internacionales". Willings, con franco apoyo de su supervisor, Gunnar Naesselund, organizó en París en 1972 la Primera Reunión de Expertos en Políticas de Comunicación. También fui invitado a este otro encuentro internacional de consulta ya especializada en ese tema de particular interés para mí. En la ocasión contribuí con la siguiente definición: política de comunicación es una serie de principios y normas establecidos para orientar el comportamiento de los sistemas de comunicación. Los veintún especialistas convocados cumplieron el encargo de la institución de "determinar las consideraciones que suscitan el interés del público por la comunicación, definir el alcance y los límites de las políticas y del planeamiento de la comunicación, e indicar las formas en que pueden llevarse a la práctica en el nivel nacional". La Unesco dió circulación mundial al informe de dicha reunión de expertos. Tuve en esas reuniones oportunidad de intercambiar ideas sobre el tema con valiosos colegas de varios países, tales como Kaarle Nordenstreng, de Finlandia, James Halloran, de Inglaterra, Jean dArcy, de Francia, Tomo Martelanc, de Yugoslavia, Elizabeth Noelle-Neuman, de Alemania, Alfredo Opubor, de Nigeria, Nabil Djani, de Líbano y H. Sakamoto, del Japón. A fines de 1973 fui contratado por la Unesco como consultor en París para cumplir dos tareas estrechamente relacionadas entre sí. Una fue la de darle asesoramiento para delinear y preparar una Reunión de Expertos en Políticas de Comunicación en América Latina a realizarse en Bogotá, Colombia, en 1974. Y la otra fue escribir un ensayo de planteamiento conceptual detallado sobre la naturaleza de aquellas políticas que hasta entonces no habían sido objeto de una definición teórica abarcadora y pormenorizada. Este texto iría a ser usado por la Unesco como documento de trabajo básico para las deliberaciones de los expertos a ser invitados a dicha reunión. Lo escribí en cien párrafos en poco más de dos semanas sin auxilio de más literatura referencial que la poca que ya he mencionado, pero en diálogo fructífero y grato con colegas de la central de la Unesco, principalmente John Willings y Alan Hancock, otro distinguido especialista comprometido con la planificación de la comunicación para el desarrollo. Como punto de partida para ese trabajo, formulé la siguiente definición:
El informe que los expertos de la reunión de Bogotá - organizada por Willings en colaboración conmigo - produjeron al término de sus deliberaciones convalidó el espíritu del documento mío que diera base a ellas y añadió consideraciones importantes. Construyó así, cumpliendo el encargo expreso de la Unesco, el fundamento para la agenda de la primera Conferencia Interministerial sobre Políticas Nacionales de Comunicación que tenía prevista para el siguiente año en un país de la región.
LAS
POLÍTICAS NACIONALES DE COMUNICACIÓN (PNC): EL PROTAGONISMO DEL ESTADO Luiz Alberto Malta de Barros Al inicio de su lucha por las Politicas Nacionales de Comunicación, Usted depositaba toda su esperanza en que el Estado asumiese su papel de conductor de esas politicas para el bienestar de los pueblos. ¿En que momento de su vida cambió de visión y pasó a redefinir nuevas estratégias para alcanzar la tan soñada democratización de la comunicación en el continente ? Luiz Ramiro Beltrán (Hallo esta pregunta estrechamente relacionada con el párrafo de su carta del 21 de julio en que me dice que "procura identificar el momento en que usted cambia su estrategia sobre las políticas nacionales de comunicación centradas en el Estado e inicia una alianza con las organizaciones de la sociedad civil y entidades internacionales interesadas en las cuestiones de democracia y bienestar en la América Latina"). En la lucha por democratizar la comunicación, las propuestas para establecer "Políticas Nacionales de Comunicación" en Latinoamérica constituían una de tres estrategias principales. Las otras dos eran la creación de formatos alternativos para la práctica de la comunicación popular y la reformulación del concepto mismo de comunicación, o sea: la revisión crítica del modelo clásico de comunicación originado en Aristóteles y perfeccionado por los aportes fundamentales de Lasswell y Schramm. En orden cronológico, la más antigua de esas estrategias era de la de creación de formatos operativos que había comenzado entre fines de los años 40 y principios de los 50, principalmente en Colombia y Bolivia. Venía en segundo lugar la estrategia de reformulación del concepto de comunicación iniciada ya en 1963 por el precursor Pasquali en Venezuela y enriquecida al final de esa década por el brasileño Freire desde el exilio en Chile. Y la más reciente era la estrategia de formulación conceptual de las PNC iniciada, como ya lo indiqué, en París a fines de 1973. A la altura de la segunda mitad de la década del 70 las tres estrategias operaban paralelamente en varios puntos de la región gracias a los aportes de muchos latinoamericanos comprometidos con el ideal de la democratización de la comunicación y de la sociedad. Yo contribuí al movimiento con el fundamento teórico general para la formulación de las PNC al entregar a la Unesco en París a fines de 1973 el documento conceptual que, atendiendo su encargo, había preparado para que sirviera de base a la reunión de expertos que este organismo auspiciaría en Bogotá en 1974. O sea, yo hice el aporte intelectual inicial al emprendimiento, obrando como autor y como asesor. Pero la responsabilidad ejecutiva de procurar la formulación y la aplicación de las PNC era de la Unesco, cuya Conferencia General había instruído hacer eso al Director General ya en 1970. Siendo la Unesco un organismo intergubernamental formado por personeros de sus Estados Miembros, ella sólo podía aspirar, por definición, a que fueran los propios gobiernos que le había dado aquel mandato los que pusieran la propuesta en ejecución en el orden nacional, soberana y separadamente, y en el orden internacional mancomunadamente. No correspondía, pues, a expertos internacionales independientes como yo - sin poder político ni injerencia administrativa a ninguno de esos niveles - asumir responsabilidad de implementación; yo era - por así decirlo - arquitecto, pero no ingeniero, tanto que sólo concurrí al encuentro técnico de Bogotá, pero no fuí invitado al encuentro político de delegados gubernamentales patrocinado también por la Unesco en San José de Costa Rica en 1976. Los expertos que sí tuvieron activo envolvimiento conceptual, y en menor grado operativo, tanto en lo nacional como en el encuentro internacional de San José, fueron los colegas venezolanos encabezados por Antonio Pasquali en lo académico y por Guido Grooscors en lo político. Es cierto que yo atribuí al Estado un papel primordial en la instauración de las políticas nacionales de comunicación, pero lo hice entendiendo por "Estado" a la conjunción del gobierno con la sociedad, no exclusivamente al gobierno. Consciente de los riesgos de autoritarismo y manipulación, así como de la proverbial ineficacia del aparato político-burocrático, recomendé - como garantía de pluralismo y como clave para el acuerdo democrático y como base de acción concertada - el establecimiento de Consejos Nacionales formados por representantes de propietarios de medios de comunicación y por operadores de éstos, así como por personeros de agrupaciones representativas de los intereses del público, como órganos autónomos a cargo de la conducción del proceso de implantación de las PNC. Indiqué que correspondería al gobierno las funciones de apoyo, fiscalización y arbitraje en caso de conflicto, puesto que sólo el gobierno - por virtud de sus tres poderes - tenía la aptitud para lograr la aplicación del sistema normativo que debía producir consensualmente el Consejo Nacional. Abogué por la democratización de la comunicación desde 1969 denunciando sobre base de investigación sistemática la situación de dominación externa y dependencia interna que la región padecía también en el campo de comunicación y contribuyendo a redefinir los conceptos de desarrollo y de comunicación. Respecto de esto último, llegué a formular a principios de 1980 un modelo de comunicación democrática sobre la base de una conjugación analítica de todas las proposiciones principales que se habían hecho sobre la materia en nuestra región, y en otros países del mundo, hasta entonces. (Ver: "Adeus Aristoteles: comunicacao horizontal". Comunicacao e Sociedade (Brasil) No. 6:5-35. Setembro, 1981). O sea, también hice aportes a la estrategia de reformulación conceptual y me mantuve al tanto de logros y problemas en cuanto a la estrategia de creación de formatos de comunicación popular, informando sobre ellos. Por todo lo hasta aquí expresado, yo no creo haber cambiado la estrategia conceptual por la estrategia operativa de alianza con organizaciones de la sociedad civil y con organismos internacionales que usted menciona. Me habría complacido mucho hacerlo, pero ello no estuvo en el marco de mis posibilidades. Yo pude combatir solamente en el campo de las ideas, influyendo en las reflexiones de otros, algunos de los cuales podían, además, tener opciones para la acción que yo - empleado hasta 1973 en un organismo agrícola internacional y desde 1974 en otro organismo internacional financiador de proyectos de desarrollo, y radicado en Colombia - no podía tener.
LAS PNC, HOY, EN AMÉRICA LATINA
Si nos atenemos a la definición que yo propusiera y que fuera acogida por la Unesco y por los gobiernos de la región en San José, no existen "Políticas Nacionales de Comunicación". No existían antes de 1973 y por eso su creación fue propuesta en 1974 por expertos en Bogotá y recomendada a los gobiernos por políticos en 1976 en San José. Pero, como la propia Unesco lo verificó al comenzar la década del 80, los gobiernos que se recomendaron a sí mismos tal cosa no cumplieron su propia recomendación al nivel de cada país de la región. Sólo dos de ellos intentaron hacerlo. Primero, muy poco después de la reunión interministerial auspiciada por la Unesco en Costa Rica, el gobierno líder de ella, el de Venezuela. Y en segundo lugar, bastante después, México. Ambos empeños fracasarían por la misma razón. En Venezuela, el Ministro de Información, Guido Grooscors, alistó el decreto constitutivo del Consejo Nacional de Políticas de Comunicación y lo negoció con parlamentarios, principalmente los del partido socialdemócrata gobernante. Pero, aunque el Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez, era claro partidario de la idea, tuvo que convencer a su Ministro de Información que desistiera de la propuesta para no arriesgar al partido en elecciones nacionales ya muy cercanas; Grooscors dejó el gabinete y fue transferido a Colombia como Embajador. Así, la gestión fue abortada en el país más comprometido teórica y políticamente con la causa de la democratización de la comunicación en general y con la aspiración de las PNC en particular. En México la Secretaría de Información de la Presidencia de la República hizo por casi un año con un equipo de especialistas un extraordinario trabajo preparatorio de varios estudios e instrumentos para formular y aplicar la PNC. Filtrada noticia de ello a un diario, el Presidente destituyó al Secretario y dispuso la eliminación del órgano encargado de dicha documentación. Así, uno de los países mayores y más influyentes de la región fue abruptamente alejado de la causa. ¿Qué había pasado? En ambos casos lo que frustró los indicados intentos fue la avasalladora presión ejercida por las agrupaciones de propietarios de medios masivos comerciales y por las agencias publicitarias que los sostenían con avisos de numerosas empresas nacionales y de representaciones de extranjeras. Como ya lo habían hecho antes de la reunión interministerial de San José, oponiéndose tenaz y agresivamente a que ésta llegara a realizarse, ahora se pusieron en campaña - más reservada que pública - para no permitir que naciera ninguna PCN por considerarla atentatoria contra sus intereses que homologaron con los de sus países. Tan poderosa fue esa presión que no hubo gobernante alguno que se atreviera a desestimarla. Y, lo que no es menos lamentable, no hubo quien reprobara siquiera lo sucedido ni, menos, exigiera la divulgación de las propuestas abortadas ... La idea fue súbita y drásticamente derrotada en la oscuridad y en silencio. Otro factor de importancia decisiva en desfavor de las PNC fue el hecho de que justamente a mediados de la década del 70 predominaban en la parte sur de la región brutales dictaduras militares y sacudían a la parte central de ella confrontaciones sangrientas entre organizaciones guerrilleras y formaciones castrenses. En esa violenta atmósfera impropicia a la democracia era poco lógico esperar que los gobernantes se interesaran por instaurar un empeño de democratización de la comunicación del que las PNC propuestas eran un componente esencial; sin duda, donde prevalece la imposición autocrática de comportamientos no hay lugar para la comunicación democrática. Por otra parte, aún si se hubiera dado el caso de que algunos de tales gobiernos hubieran llegado a interesarse por que sus países contaran con las PNC, surgía entre los demócratas el temor de que aquellos pudieran valerse de éstas para acentuar el sojuzgamiento de la gente y acabar con la prensa libre e independiente. De ahí que algunos comunicadores reaccionaron más bien con indiferencia y, a veces, hasta con recelo, a la propuesta inspirada por la Unesco. Por añadidura, ese organismo internacional resultó sometido a fuerte ataque de Estados Unidos y de otros países de Europa occidental precisamente porque consideraban a su Director General, el africano y "tercermundista" Amadou MBow, proclive a atentados contra la libertad de información que ellos atribuían ante todo a la influencia internacional del comunismo. Esos dos países llegaron al extremo de retirarse de la entidad y de suspender sus contribuciones financieras a ella. Siendo la Unesco la inspiradora y la promotora de las PNC, resultaba también "villana" por ello a los ojos de esas potencias y de otros países. Por último, estimo que otra razón importante para que las PNC no lograran pasar de la teoría a la realidad fue el desinterés de la sociedad civil por ella. En parte alguna de la región, que yo sepa, ninguna agrupación popular, ni siquiera las de mayor raigambre popular y mayor radicalismo - como las de estudiantes, obreros y campesinos - adoptó la propuesta pro PNC como parte de las reivindicaciones que alentaban sus luchas. Ningún partido político hizo a esa propuesta parte de su plataforma ideológica ni componente de su agenda parlamentaria o de su programa de gobierno. En mi memoria, la única institución de la sociedad civil que se identificó con la promoción de las PNC fue la Iglesia Católica que ya tenía, cuando menos desde los años 50, creciente y militante identificación con el ideal de democratizar la comunicación en la práctica y en la teoría. Valiosa como fue esa espontánea adhesión a la causa, no llegó tal vez hasta el más alto nivel de la jerarquía eclesiástica, salvo casos excepcionales. Más aún, ni siquiera en los círculos universitarios especializados en la enseñanza y en la investigación de comunicación llegó a haber una conciencia generalizada sobre la propuesta ni una adhesión activa a ella. Y, lo que es más extraño, ninguna asociación de profesionales de comunicación se hizo partidaria de la causa. Así, la idea fue quedando confinada, digamos, a un centenar de firmes creyentes en el mundo académico dispersos por todo el territorio de la región, a una pequeña minoría de catedráticos y estudiantes de comunicación, y a dos entidades regionales de la profesión: el CIESPAL, del Ecuador, y el IPAL, del Perú. Por último, en la propia Unesco los pocos funcionarios comprometidos con la idea y experimentados en promoverla fueron relegados a segundos planos y reemplazados por gente sin su mística ni su pericia, justamente en vísperas de realizarse la reunión intergubernamental del 76 en Costa Rica. ¿Cuál puede ser la situación actual? Lamento señalar que, aunque ocasionalmente hay voces que proponen revivir la idea porque sienten que las PNC son hoy - en el mundo globalizado e internetizado - más necesarias que nunca, no sé de ningún gobierno que se ponga a escucharlas. La razón de ello puede ser la misma que antes, desde luego: el temor a enojar a las poderosas agrupaciones de empresarios. Es obvio que bajo el esquema neoliberal en que el mercado es mucho más determinante que el Estado, no puede ser fácil hallar gobiernos que aspiren a normar la conducta de los medios masivos de comunicación que en América Latina, más que en el resto del mundo subesarrollado, están casi en su integridad en manos privadas y mercantiles. ¿Quiere esto decir que no hay esperanzas para las PNC? No lo creo así. Pienso que, pese a esos factores en contra, dado el actual proceso de restauración democrática y visto el peligroso agravamiento de la distancia entre los muchos pobres y los pocos ricos, pueden darse de vez en cuando aquí y allá ciertas coyunturas propicias a la recuperación del ideal. Pero no creo que ello pueda ocurrir sin el concurso de las agrupaciones claves de la sociedad civil, sin la presión contrapuesta de las formaciones populares democráticas. Y estoy convencido de que para que ese compromiso tenga lugar, los comunicadores demócratas deben enmendar la falla de los años 70. Deben, es decir, divulgar amplia, sostenida y eficazmente el credo de la comunicación democrática mucho más allá de los recintos académicos y de los gabinetes de investigación. Y deben mostrar su aptitud persuasiva convenciendo a los líderes de las organizaciones populares y a los dirigentes políticos de que tomen la propuesta de las PNC como bandera propia. ¿Se trataría de reanimar con esto la lucha por la utopía? Ciertamente que sí, porque la situación de la comunicación denunciada en los años 70 lejos de mejorar ha empeorado en los 80 y los 90. Por tanto, la de las PNC podría constituirse en una de las utopías centrales del despertar del nuevo milenio.
Como evalua el papel de las
universidades en la discusión sobre Luiz Ramiro Beltrán Le atribuyo una gran importancia, pero por eso mismo, esperando estar equivocado, temo que sean muy contadas las universidades de la región que propicien ese debate en forma abierta y frecuente. A veces las universidades tienden a aislarse un poco dentro de los linderos académicos y no se proyectan a la comunidad de su entorno, a la sociedad que las contiene. Pero debiera ser todo lo contrario: la universidad debiera actuar siempre como eje de la discusión sobre asuntos de interés público aportando bases por parte de estudiosos académicos para que muchos no académicos participen del debate. En América Latina hay muchas más facultades universitarias de comunicación que en cualquier otra región del mundo subdesarrollado. La Federación Latinoamericana de Escuelas de Comunicación agrupa cuando menos a 200 de ellas y tal vez algo más de la mitad de ese total está en México y Brasil. Hasta un país pequeño y modesto como Bolivia tiene hoy cuando menos una docena de facultades de comunicación. Todas esas escuelas deberían tener, por lógica, costumbre de provocar a menudo análisis de la problemática de comunicación tanto intra-académicamente como por contacto con la colectividad y en particular con las agrupaciones del gremio, sean las de los periodistas o las de los propietarios de medios. Dentro de ello, tendría sentido que dieran énfasis a áreas neurálgicas como son las de las políticas y los sistemas de comunicación. Sobre todo en cuanto a las primeras, esas facultades de comunicación - por vía de sus catedráticos y de sus estudiantes avanzados - no sólo podrían enseñar e investigar sobre tales rubros sino actuar como voceros de esas inquietudes y desempeñar liderazgo en la promoción pública de la formulación de las políticas y del mejoramiento de los sistemas de comunicación. Ellos podrían ser la punta de lanza para instar a las organizaciones claves de la sociedad civil - especialmente a los partidos, a los líderes políticos, a los sindicatos y sus dirigentes, etc. - a que hagan suya la causa de la democratización de la comunicación como agente de la democratización de la sociedad en su totalidad. Estoy seguro de que pueden hacerlo. No estoy seguro que deseen hacerlo, pero - repito - me complacería mucho estar equivocado.
¿Como evalua el fracaso de las tesis del NOMIC ? Luiz Ramiro Beltrán Creo que es válido ofrecer como explicación de esto una semejante en algo a las que he anotado para el caso de las políticas. La propuesta para forjar un nuevo orden mundial de la comunicación y la información nació - con liderazgo asiático y árabe - en el seno del Movimiento de Países No Alineados también a mediados de la década del 70. Los integrantes de ese movimiento habían proclamado ya pocos años antes la necesidad de modificar el viejo orden de la economía internacional para hacerlo equitativo, para que no hubiera como polos una minoría de países avanzados y ricos y una gran mayoría de países pobres y atrasados. Al buscar esto se dieron cuenta pronto de que también había que plantear un cambio semejante en cuanto a la comunicación y la cultura igualmente constituidas en privilegio de minorías en desmedro de mayorías. El planteamiento del NOMIC fue demasiado esquemático y sucinto en su versión inicial y tomó largo tiempo llegar a formulaciones teóricas más precisas y amplias. (A pedido del Coordinador de Información de los Países No Alineados, Mustafá Masmoudi, de Tunez, Fernando Reyes Matta y yo - como consultores de la Unesco - contribuímos a ese empeño en unos días de asistencia a dicho Ministro para preparar una propuesta conceptual suya sobre el NOMIC para la Comisión McBride). El movimiento consiguió ser escuchado en la Asamblea General de las Naciones Unidas y apuntalado por la Unesco. Pero no estableció un órgano propio para propiciar sistemáticamente la reflexión internacional y para coordinar acciones. En la ausencia de ese eje, el debate fue esporádico y disperso, cifrado más que todo en apoyos ocasionales de entidades internacionales, gubernamentales como la Unesco o privadas como el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales, este último en el caso de Latinoamérica. En tales condiciones, de nuevo, la propuesta no fue ampliamente socializada, quedó prácticamente confinada a los pocos que ya eran creyentes. Tal como en el caso de las políticas no se ganó la adhesión de las agrupaciones claves de la sociedad civil. Se planteó el debate - que llegó a ser candente a veces - entre pequeños grupos de políticos y académicos solamente. Por influencia de la problemática de Asia y Africa, el movimiento puso énfasis desmedido en buscar la correción del desequilibrio en materia de producción y circulación de noticias en el ámbito internacional, fenómeno que se hallaba cuasi monopolizado por unas pocas agencias noticiosas de Estados Unidos de América. Esa excesiva concentración en aquel aspecto parcial del problema del viejo orden informativo, privó de atención a varios otros elementos importantes de la problemática que el NOMIC debía resolver. Entre fines de la década del 70 y principios de las del 80, el aparato empresarial de comunicación de Estados Unidos y Europa occidental llevó su reacción opuesta al NOMIC al punto de organizarse en "plan de guerra sin cuartel". El Movimiento No Alineado no mostró capacidad alguna para salir al frente de ese adversario bien articulado y provisto de aptitud intelectual y de capacidad financiera para entrar en batalla con fuerza. Así, en el terreno de los hechos, la propuesta justiciera fue detenida en seco y derrotada sin que sus propiciadores hubieran intentado siquiera hacer un frente amplio y vigoroso para contraatacar y llevar adelante la legítima - si bien quizás ingenua - aspiración de cambiar profunda y rápidamente la estructura del poder mundial económico, cultural y político.
¿Por que no se movilizaron los Gobiernos en torno al Informe McBride ? Luiz Ramiro Beltrán Por razones muy semejantes a las que ya he indicado al respecto de las PNC y del NOMIC. Este informe fue producto de una difícil transacción para buscar consenso en el seno de la Comisión McBride de la Unesco, cenáculo pluralista en que se dió la confrontación intelectual entre los propiciadores de aquellos grandes cambios y quienes los consideraban antidemocráticos y, por tanto, indeseables. Con mucha dificultad, la Comisión - presidida por un neutral de prestigio, tenedor del Premio Nobel y del Premio Stalin por sus aportes a la paz mundial - logró acordar, finalmente, un texto conciliatorio que fue aprobado unánimemente por la Conferencia General de la Unesco en 1980 en Belgrado. Con prudencia pero con convicción y recogiendo en pies de páginas notas de salvedad de algunos de los firmantes en ciertos casos, el documento acogió claramente los planteamientos de reforma justiciera hechos por los países "en vías de desarrollo". Pero, una vez más, del dicho al hecho hubo mucho trecho, lamentablemente. El Informe McBride es considerado un valioso manifiesto académico y político en pro de la democratización de la comunicación en múltiples aspectos, incluyendo al NOMIC y a las PNC. Pero constituyó una reflexión que nadie, infortunadamente, se encargó de trasladar a la acción. Creo que los gobiernos latinoamericanos tuvieron acceso insuficiente y lento al informe y no le dieron más importancia que a muchos otros entendimientos internacionales que firman y olvidan luego. La Unesco hizo en México una edición comercial en español. Pero nadie desarrolló un esfuerzo sistemático y profundo para asegurar una difusión estratégica y amplia de aquel texto. Nadie tomó para sí el compromiso no sólo de divulgar el informe sino de promover su discusión y de, finalmente, inducir a gobiernos, empresas y agrupaciones a poner en práctica las recomendaciones provistas por aquél para enmendar lo que no estaba bien en la situación de la comunicación en el mundo. No mucho más allá de algunas glosas de prensa y de circular un poco en ámbitos académicos sólo de comunicación - no de ciencias políticas, sociología, economía, derecho y otros, como debiera haber ocurrido también - el Informe McBride se fue quedando en las gavetas de unos pocos como una especie de curiosidad digna de ser conservada ...
Si tengo respuestas a las otras preguntas de tu carta son las que están incluídas en estos dos documentos míos disponibles en el Acervo del Pensamiento Comunicacional Latinoamericano de la Cátedra UNESCO/UMESP (São Bernardo do Campo, São Paulo, Brasil) y referidas en la bibliografía del libro editado por Marques de Melo y Brittes en São Paulo en 1998 (A Trajetória Comunicacional de Luiz Ramiro Beltrán):
Luiz Ramiro Beltrán Nascido em Oruro, Bolívia em 1930, Luís Ramiro Beltran teve nos pais jornalistas o exemplo que o inspirou em sua carreira na área da comunicação. Não se pode esquecer na sua trajetória a presença de sua mãe, a jornalista Betsabé Salmón. Ela o incentivou desde o início a trilhar os caminhos da comunicação. Sua presença, em todos os lançes da vida de Beltrán, pode ser identificada em várias oportunidades. Cursou os primeiro anos de escolaridade na cidade natal, em um colégio Alemão, e o terceiro ano cursou em uma escola noturna em La Paz. Os últimos anos do curso superior em Humanidade foi cursado no Instituto Americano de La Paz. Lá foi líder estudantil até que se formou em 1948, quando recebeu o título de Bacharel em Humanidades pela Universidade Mayor de San Andrés, La Paz. Durante os primeiros anos da década de 50, mais precisamente entre 1953 e 1954, foi para Porto Rico, onde recebeu treinamento e capacitação em princípios e técnicas de comunicação audiovisual para o desenvolvimento rural . Realizou, depois, vários outros cursos e seminários em universidades americanas, como as de Michigan e Pennsylvania, Vermon e Wisconsin, especializando-se, então, em cinema. Sob a influência dos pais jornalistas, Beltran, entrou para a profissão muito cedo, mais precisamente aos 12 anos e já nesse período seu interesse pelo campo da comunicação consolidou-se e amplisou-se, não se restringindo ao jornalismo. Foi também relações públicas e publicitário além de produzir documentários para o cinema. No jornalismo se destacava por seu texto leve e sua facilidade de escrever, chegando a ser chefe de redação do jornal La Pátria e redator do La Razón. Foi correspondente de jornal estrangeiro, como Chicago Tribune, além de radialista. Na esfera pública, ocupou alguns cargos como, por exemplo, o de secretário de imprensa da Dirección Departamental de Sanidad de Oruro. Em 1946 atuou no escritório de informação da Câmara dos Deputados de La Paz e foi, também, secretário do Prefeito de La Paz. Mestrado e Doutorado Entre 1965 e 1973, Beltran se dedicou com muito afinco aos estudos de pós- graduação. Sob a orientação do professor Everett Rogers, um dos mais importantes pesquisadores da comunicação rural e um dos pais do difusionismo, alvo das primeiras críticas de Beltrán à invasão dos modelos forâneos na América Latina, ele defende a tese - Communication and Modernization: Significance, roles, and estrategies. Em seguida, inicia seus estudos, em nível de doutoramento, sob a orientação de David K. Berlo, outro importante teórico da comunicação que teve enorme influência nos estudos de Luís Ramiro, defendendo a tese - Communication in Latin America : Persuasion for Status Quo or for National Developmen? Recebe no ano de 1973 o título de PhD em Comunicação e Sociologia. Um trabalho magnífico onde ele mergulha nas raízes dos problemas do desenvolvimento da América Latina e sua vinculação com a comunicação. É quando ele começa sua luta pela democratização da comunicação na AL e pelo estabelecimento de políticas estatais de comunicação.
Em toda sua carreira, Luís Ramiro Beltrán recebeu de seus pares, em todo o mundo, o reconhecimento como o maior teórico da campo da comunicação na América Latina. Sua participação ativa em muitos organismos internacionais, ocupados com as questões da democratização da comunicação lhe conferiram autoridade para propor políticas e questionar os modelos adotado indiscriminadamente pelos países latino-americanos. Convites tem aparecido e recentemente, em 1997, a Cátedra da UNESCO para o Desenvolvimento Regional, instalada na Universidade Metodista de São Paulo, em São Bernardo do Campo, Estado de São Paulo, Brasil, o escolheu dentre os pensadores latino-americanos da geração dos pioneiros para o início dos CELACOMs - Ciclos de Estudos sobre a Escola Latino-Americana de Comunicação. O I Ciclo de Estudos Sobre a Escola Latino- Americana de Comunicação teve como tema o trabalho feito por Beltran durante toda sua vida e contou com a presença do próprio Luís Ramiro que participou ativamente das discussões e debates sobre suas idéias. O Projeto Memórias da Ciências da Comunicação na América Latina dava então início a uma série de ações no sentido de resgatar o papel fundamental de teóricos como Beltrán, Pasquali, Freire, entre outros, na formação das bases conceituais que forjam o pensamento latino-americano em comunicação, um dos grandes desafios que a Cátedra UNESCO/UMESP vem realizando, sob a liderança do seu Titular, o Prof. Dr. José Marques de Melo,. Estes foram alguns apontamentos sobre esta grande figura que é o Dr. Luís Ramiro Beltrán, nosso entrevistado. Muito mais pode-se aprender lendo sua extensa bibliografia e escritos. Os resultados do CELACOM que teve Beltrán como figura central foram reunidos num livro organizado pelos professores José Marques de Melo e Juçara Gorki Brittes sob o título - A Trajetória Comunicacional de Luís Ramiro Beltrán. Formado por uma coletânea de textos de nomes expressivos da comunicação entre os quais a professora Elizabeth Fox, que trabalhou muitos anos com ele, Margarida Kunsch, José Luís Exeni, Sérgio Molina, Ismar de Oliveira Soares entre outros. Vale a pena conhecer a obra. (Luiz Alberto Malta de Barros) |